Los éxitos de Diego Rivera

La Alameda fue testigo de las andanzas de Diego, corriendo como loco, cada domingo en aquel inmenso parque.

El sombrerito apenas le quedaba, por su copiosa cabellera que adornaba su cara de luna llena y ojos de sapo, que le guiaron en sus 71 años de vida.

Esas caminatas se le quedaron en su memoria como cuando conoció a Angelina en París.

Lo de Diego era vivir en un túnel que no tenía luz porque no tenía salida. Ese túnel, alumbrado de colores, era lo único que necesitaba para gozar… era el túnel de su tiempo.

En París, todo le creció: los ojos brotados, los buches, la panza, la lengua y su estatura.

El alcance de su mirada sobrepasó el cubismo.

-Eso le luce a Picasso que parece que pinta con espejuelos rotos. No se puede pintar por moda y perder tu personalidad artística- repetía en los encuentros sin fin, con los poetas más locos y creativos que se conociera. Allí contaba cómo cabalgaba con Pancho Villa y cómo ganaba duelos contra pinches gringos malvados e “hijosdelachingada”. Cómo, con tres versos de Vargas Vila conquistaba la más bella de todas las mujeres que encontraban y caían a sus pies, confundiéndolo con un sapo mágico, que sería príncipe al primer beso.

Con un francés de locomotora oxidada y sin temor de que su pronunciación convirtiera aquella lengua de Racine en una nueva, desconocida por todos y, que sin embargo, les daba una risa imparable. Las dramatizaciones de sus narraciones se entendían como si hablara en el idioma mímico de los sordomudos. El que más se reía era él, cantando sus penas y llorando sus alegrías ante un público de borrachos, muertos de frío, que solo recibían los escasos rayos de Sol, de sus radionovelas, que hacían rendir a cactus con los brazos al aire, con más espinas que la corona de Cristo y, que él apagaba, una y otra vez, a sombrerazo limpio.

En los andamios de la Secretaría de Educación, se sentaba con los ayudantes a contar las mismas aventuras, daba tres pincelazos y, volvía a las charlas, a tequila limpia, mezclada con quiensabe cuántos tacos que, antes sus jabladurías olímpicas, el picante fuertísimo, ni le hacía cosquillas. Jean Charlot tenía que traducir, cuando le cogía, ya borracho, con “macujiar” su francés de “oui, oui y la, la”.

Y todo lo que ganaba lo repartía entre sus ayudantes, sus pupusas y tamales con mucho guacamole y, sus amores, que los dedos no alcanzaban para contar, aunque siempre dejaba el mayor para su adorada bruja, la amargada Frida, que vivía sacándole en cara sus viejos amoríos con La Gata Marín. Eso, más que descubrirlo en falta, le causaba una risa de terremoto con epicentro en aquella panza dividida por la correa que además de sus tripas, sostenía un revolver viejo, que México entero dudaba si alguna vez disparó.

Cuando recibió el contrato de la industria del automóvil de Detroit, le agregó andamios más anchos y comida en abundancia con “güisky”, aunque tuvieran que camuflarlo en botellas de Coca-cola, por la sequía que mantenía al borde del suicidio, a medio país, un régimen peor que la hambruna de esos años de depresión económica y que, finalmente, salvó Roosevelt haciendo milagros y negándose a gastar el presupuesto en guerra… que para eso estaba la carne de cañón rusa, para enfrentar y terminar la amenaza de Hitler y su horda de locos psicópatas.

El éxito no paró en Detroit. Abby, la mujer de John Rockefeller, invitó a la pareja mexicana, que más parecían dos personajes de circo: uno enorme como payaso y la otra ataviada con más colores que un arcoíris en carnaval y, una sonrisa de bigote de Emiliano Zapata.

Sentados a la mesa y con 13 copas en el buche, Diego desató su lengua, como el látigo del Zorro, en unos cuentos que no terminaban nunca y en un inglés amexicanado que ni Frida entendía y menos los Rockefeller, y que, a esas alturas, les faltaban tripas, de tanta risa que aquel gigante provocaba. Tan en gracia les cayó, que “don Yon” no dudó ni un segundo para firmar aquel contrato que terminó con el mayor escándalo del mundo de las artes: la destrucción del mural que él pintó en el RCA Building de New York.

Qué le importaba a Diego que “los ricos no entienden que Dios es el hombre que controla la humanidad en su encrucijada”.

La libertad y la alegría de Diego se parecía a la de los sapos después de varios días de lluvia, que no paran de cantar y repitir la misma letanía hasta hacernos dormir. Diego era, en realidad, un espíritu burlón que gozaba las 49 horas del día, como hacen los verdaderos artistas.

Qué le hubiera importado a él de saber que un electricista, metío a escritor, confundiera sus éxitos de vida vivida, con el sin sentido “éxito” de riqueza, que casi siempre viene como mancha, imposible de lavar.
Los únicos cuentos que él gozó y dejó, fueron sus murales que no nos cansan cuando nos narran, interminablemente, el cuento de la historia de México, sin Yavé, mecánicos y, menos, “diplomáticos de cuña”.

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