Me dijeron que no entrara ahí, doctor

Luis Buñuel, fotograma de El ángel exterminador (1962).

Me dijeron que no entrara ahí, doctor, desde el primer día me lo dijeron. No me dieron explicación y ni siquiera me lo ordenaron ni me lo prohibieron, sólo me dijeron que no entrara ahí, que me abstuviera simplemente de entrar y de inmediato me dió curiosidad.

Lo gracioso es que no estaba cerrado, era un lugar abierto al final del pasillo del primer piso del hospital, una especie de sala de espera donde siempre había gente: médicos y pacientes, enfermeras y camilleros que conversaban con aire de aburrimiento y que aparte de conversar parecía que no estaban haciendo nada, y era la misma gente todos los días y a todas horas de la noche.

Ni siquiera tenía puertas ni había una línea divisoria, ni había un guardián que impidiera el paso. Pero no se podía entrar. Era algo absurdo. Tampoco estaba prohibido pero no se podía entrar. Nada impedía entrar pero no se podía entrar. Consulté los reglamentos del hospital y en ningún lugar mencionaba la dichosa sala de espera ni mencionaba la prohibición. Pero no se podía entrar.

Yo recorría todos los pasillos del hospital por lo menos una vez al día durante mis rondas habituales, visitaba a los pacientes en compañía de mis estudiantes y nunca dejaba de llamarme la atención aquella sala de espera llena de gente a la que no se podía entrar porque simplemente no se podía. A veces me hacía el tonto o el temerario y me acercaba al lugar y me detenía casi al límite. Una vez me acerqué más que de costumbre y una enfermera dio la voz de alarma, me dio una voz de advertencia.
Me dijo que no entrara, que no entrara ahí, doctor. Lo mismo que me habían dicho desde el primer día. No me dio explicación y ni siquiera me lo ordenó ni me lo prohibió, sólo me dijo que no entrara ahí, doctor, que me abstuviera de entrar. Pero había algo de alarmante en su ruego. Ruego, sí, porque parecía una advertencia y lo era. Había un cierto tono de angustia en su voz.

El caso es que el asunto terminó convirtiéndose en una obsesión, mi curiosidad iba en aumento. Sin darme cuenta comencé a descuidar mis labores, a despreocuparme por los pacientes. Sólo pensaba en llegar al fondo del absurdo. Todo lo demás dejó de tener importancia.

Durante la última junta de médicos —presidida por el mismísimo Dr. Fegarca— me llamaron la atención, me recordaron más de una vez que mi nombramiento era provisional y se negaron a responder mis preguntas sobre lo que ya consideraba el enigma de la sala de espera al final del pasillo. En realidad no sabían nada, es decir, sabían lo mismo que yo o me ocultaban algo. Me recomendaron que me atuviera a las ordenanzas, aunque se suponía que no había ninguna a favor ni en contra.

Alguien me dijo que uno de los conserjes podía darme las respuestas que buscaba y fui de inmediato a verlo. Le pregunté por qué no se podía entrar y me preguntó que para qué quería entrar. Le dije que no quería entrar sino saber por qué no se podía entrar y me preguntó que por qué quería saber. Le dije que tenía curiosidad, simple curiosidad, y entonces me preguntó que por qué tenía curiosidad. Me dijo que no tenía nada que buscar en ese lugar, que me limitara a mis labores, a la costumbre, al sentido común. Por último, cuando le pregunté qué por qué estaban en ese lugar todas esas gentes, me respondió con cierto aire de superioridad que pretendía ser sabiduría:

—Están ahí porque están.

El hecho es que todos los días pasaba varias veces por el pasillo y ya no podía ver a todas aquellas personas aburridas sin que me invadiera el desasosiego. A veces daba la impresión de que estaban filmando una película. Alguien parecía dar voces. Decía cámara, acción. Pero era sólo mi imaginación.

Me obsesioné tanto que cualquier pretexto era bueno para acercarme al lugar. Fingía estar distraído, haber equivocado el camino, me daba paseítos de presidiario desde el principio hasta al final del pasillo con las manos en las espalda, sumergido en aparente cavilación y me acercaba cada vez más al abismo. A la fruta prohibida. Entonces comenzaban las voces.
Indefectiblemente alguien volvía a decirme que no entrara ahí, doctor. A la inocente sala de espera.

Cada vez me sentía más atraído, fascinado por el misterio, por el absurdo más bien, y me sentía igualmente más atrevido, más capaz de llegar hasta el fin, pero las voces de alarma me detenían. Era irracional. Le tenía miedo a algo en lo que no creía o pretendía no creer. Casi igual que uno de esos ateos que temen vender el alma que dicen que no existe.

Sin embargo, el miedo pesaba menos que la curiosidad. No cejaba en mi empeño, me acercaba más a la meta, y en un par de ocasiones estuve a punto, casi a punto de entrar a la dichosa sala de espera, pero las voces me lo impidieron en el último instante, cuando ya estaba dispuesto a jugarme el todo por el todo.

Un día, finalmente, no pude más, se agotó mi paciencia, me venció la curiosidad. Me armé de coraje, caminé con firme determinación por el pasillo hacia el fondo, hacia la sala de espera, ignorando las voces, las muchas voces que repetían que ahí no se podía entrar, doctor. Resueltamente traspuse el límite y me acerqué al grupo de personas que ocupaba la sala de estar.

Me recibieron con la más insípida apatía, como si hubieran estado esperando algo rutinariamente inevitable, y ni siquiera respondieron a mi saludo. Me presenté, les di mi nombre, les dije cuantas ganas tenía de conversar con ellos antes de continuar con mis tareas habituales. Algunos eran viejos, sorprendentemente viejos, daban la impresión de haber estado mucho tiempo en aquel lugar y me miraron con pena, como se mira a alguien que acaba de cometer un error, el peor error de su vida.

—Aquí no hay nada de qué hablar —me dijo uno de ellos, quizás el más viejo de todos—. Y además ya no podrá seguir con sus tareas habituales. Ha caído usted, igual que todos nosotros, en la mano del angel exterminador y ya no podrá salir de aquí.
—Y se puede saber quién es el Ángel exterminador.
—Nadie lo sabe. Quizás simplemente una metáfora.
Confieso que la ocurrencia me dio risa, en principio.
—Y por qué razón no voy a poder salir de aquí.
—Por ninguna razón —dijo el más viejo de todos—, pero no podrá salir de aquí. Ninguno puede.
—El doctor Buñuel tiene razón. —dijo una de las enfermeras.
—¡El doctor Buñuel?
—Para servirle a usted. Soy cirujano cardiovascular y hace cuarenta y dos años se me ocurrió venir a este lugar a descansar y nunca he podido salir. Nadie puede salir. Estamos, como le dije, en manos del ángel exterminador.
—Eso sí que está bueno —dije en tono de burla—. Creo que tendré muchas cosas que contarles a mis amigos.
—No podrá contar nada, aquí ni siquiera el tiempo cuenta, aquí nunca es de noche ni de día, aquí no dan la hora ni hace frío ni hace hambre, aquí sólo estamos sin estar. O si lo prefiere, sólo estamos estando. El ángel exterminador nos ha convocado, vino por nosotros o nosotros vinimos por él, no nos prohíbe salir, pero no podemos salir. Hasta aquí llegó usted, doctor. Hasta aquí llegamos todos.

En ese momento me sentí repentinamente abrumado, me pareció que me había caído sobre las espaldas el peso de los siglos y me senté, me desplomé en uno de los bancos. Estaba agotado, pero no sentía sueño y no volvería a sentir sueño. Empezaba oscuramente a entender.

Noté que del otro lado, a mitad del pasillo, unas enfermeras me miraban con tristeza y hablaban sobre mí, decían de seguro que me habían dicho encarecidamente mil veces que ahí no se podía entrar, doctor. l

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