Los dominicanos somos fanáticos de todos los equipos de “lo paíse”, mientras tengan una estrella criolla en su roster
Nosotros no seguimos equipos. El entusiasmo nuestro es geográfico, chauvinista, regionalista o nacionalista. Y eso no es de ahora. En el Cibao somos de las Águilas, menos yo y Víctor Polanco, pero en Grandes Ligas fuimos del Boston cuando David Ortiz era el Big Daddy, o cuando Manny Ramírez lucía el número 99 que había que adivinarlo porque la cola lo cubría, o, cuando Pedro afeitaba a los bateadores, si no es que ya iban rumbo a primera con un pelotazo en las costillas.
Pero antes, nuestros equipos, se decía, usando un término del campo y del tabaco, que eran cantera de otros de Estados Unidos. Y así era. Las Águilas de los Piratas, pero los aguiluchos se mataban defendiendo a Julián Javier de San Luis. El Escogido era de San Francisco por Marichal, los Alou y por “El Orégano” Osvaldo Virgil. Nos interesamos por Oakland cuando el Mulo, con to y panza, defendía el “right”, o por los Cubs la vez que tuvimos a Alejandro Taveras o por Anaheim, el ratito que el Chilote pasó por allí.
La pelota cambió, sintonizada en la misma onda de Mercedes Sosa. El gran espectáculo, más que deporte, construyó estadios de 4 pisos en casi todas las ciudades y redujo el tiempo que “debe ser ameno y corto”. Se acabaron los “tani bol” caprichosos de los bateadores para quitarse los guantes y ponérselos 10 veces, o para quitarle “el lodo” a los spikes, o para cualquier pendejá. También, y, sobre todo, para desconcentrar al pitcher.
Estamos pendientes de qué hizo ayer Julio Rodríguez y hasta nos alegramos de que Seattle ganara, un equipo del fin del mundo que no ha ganado nunca un campeonato, perdidos sin brújula, en el mar.
Cuando Soto era de Washington, que acababa de quitarle la franquicia a los Expos porque allí el espectáculo no cuajó… no pasaba de 5 mil quebecuás en el Estadio Olímpico que debió llamarse Juan Torena, alabábamos la W.
Al primer Washington no lo seguimos porque no había ni internet, ni TV y muy pocos radios. Y porque Rudy Hernández pasó como el cometa Haley cuando lo firmaron en los 50.
Nos fuimos a San Diego a rogarle a San Juan Capistrano y luego prendimos velones a los Yankees para caer en los Mets, como si nos fuera a tocar 20 pesos de sus 765 millones.
Los mismos que oyen a Omega siguen a Tatis jr. Porque lo ven en sus espejos que le decía a la bruja de Blanca Nieves que ella era la mas bella y que algunos de nuestros pitchers compraron para peinar sus colas de raftafari y confundir la lomita con una pasarela de desfile de moda. Los fanáticos de los Yankees no le perdonan a Hulk irse “por un puñado de dólares”.

Como espectáculo, el fanático busca emoción, y nada mejor que un jonrón. Por eso Ohtani y Judge valen y jalan público, un negocio redondo con papeletas cuadrá. Y justamente estos dos, poderosos, son los más humildes y mas educado. Judge, como todo un juez, es sobrio, fuerte, peligroso. Por eso el “abuso” de darle tantas bases por bola. Él es el atractivo de ese equipo y, que gane o pierda, no tiene importancia, el espectáculo es ÉL con su bate al rojo vivo que levanta fanáticos de sus asientos por más hamberguers que hayan comido.
Ohtani no solamente tiene cara de niño alegre, él juega, se divierte con su grupo de amigos, no rivaliza, no envidia, no chijmea, no fanfarronea. Nunca se le ve perrear si poncha a alguien. Las muecas, nueva moda del show, que hay que hacer cuando se embasan, las hace mecánicamente por encima de su timidez de japonés, porque lo obligan en el team.
Una cosa es la alegría por estar ganando y otra la burla de ver al contrario perder, una zurrapita de psicopatía, del placer de ver al otro sufrir.
Ohtani que pitcha y batea como nadie, ha logrado una admiración que hace que los “Dayers” arrastren público, que el estadio se llene de mexicanos desafiando la despiadada persecución de Nerón. Y, cuando se poncha, nos duele mas a nosotros que a él, que no pierde su sonrisa, que no rompe el bate como “carajito maicriao”, ni ofende a los ampayas.
No se puede olvidar, que la pelota es una actividad de machos y por eso no van a faltar gestos y expresiones cavernarios, como cuando un pitcher sale de una situación y cierra ponchando. Sale como Tarzán dándose golpes en el pecho, y grita histéricamente como cualquier cromañón, de esos que no se mencionan en la Biblia





Por el mismo camino de Ohtani, por suerte, Elly de la Cruz nos demuestra que el béisbol es un deporte, que hay que correr, batear, fildear… ser un atleta y él nos trae al estadio las jugadas de Mays, de Aaron, Lou Brock, Richie Henderson, Ozie Smith y nos borra un poco la decepcionante presencia de tantos jugadores Sancho, con el perdón del Quijote… con la excepción de José Ramírez, que juega con la pasión que se necesita para que un tercera base sirva para algo.
Llama la atención, en la nueva pelota, el poco uso del toque. He visto tantos juegos perderse por no tocar. En la lógica de mi época había una regla de oro que requería de jugadas automáticas que implicaban el robo, la base por bola intencional, bateo y corrido, pisa y corre, el toque y el flay de sacrificio que es más complicado porque hay que hacer contacto con la pelota, chocarla y mandarla a casa ‘el carajo.
También hay cosas que no se entienden. Si ahora todos los equipos se enfrentan, no debería hablarse mas de Liga Nacional y Americana. Para mí Ohtani es el líder en jonrones porque es el que más la ha sacado y ya.
Mookie Betts, que parece mellizo de Elvis, un mecánico de Sanvítor, en Pontezuela, vale tanto como el que más. Nos recuerda la caballerosidad de Felipe Alou cuando los fanáticos todavía iban con corbata a los estadios.
Devers, que se paró en dos zancos contra las pendejadas de los Medias Rojas, como si fuera un Curty Flood moderno, es el toletero que necesitaba San Francisco par ser un verdadero Gigante. Sobre esto volveré.
Seguimos
Estamos pendientes de qué hizo ayer Julio Rodríguez y hasta nos alegramos de que Seattle ganara, un equipo del fin del mundo…”
