Poemas de Fausto Aybar Ureña

Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Fausto Antonio Aybar Ureña (Santo Domingo, 1964) es un poeta, escritor y gestor cultural dominicano, con una marcada inclinación por la fotografía como expresión artística complementaria. Se define a sí mismo como “un hombre común buscando una razón de vivir en la poesía”, concepción que sintetiza su vocación estética y existencial.

Es miembro del colectivo Poetas en la Cafetera, en la República Dominicana, así como del taller Haiku Do de Medellín, Colombia, espacios desde los cuales ha desarrollado una labor sostenida de creación y difusión literaria.

En cuanto a su producción bibliográfica, ha publicado los poemarios Plegarias del tiempo (Amazon, 2019) y Perpetua brevedad (Amazon, 2022).

Su obra ha sido incluida en diversas antologías nacionales e internacionales, entre las que destacan: Puente de utopías (Argentina, 2013); colección poética LACUHE (Feria del Libro del Bronx, Nueva York, 2021 y 2026); Andrómeda (Editora El Mono Armado, Argentina, 2022); Con las alas del alma (Editora Yunke, Argentina, 2022); II y IV Antología Poetas en la Cafetera (República Dominicana, 2023 y 2025); Dosis mínimas (Editora Palabra Herida, Colombia, 2023); así como diversas antologías de haiku: Noche estrellada (Editora La Senda del Haiku, Sevilla, 2024), Un colibrí entre tus manos (Taller Haiku Do, Medellín, 2025) y Lluvia de agosto (Editora Hotura, Sevilla, 2025).

Conocí virtualmente a Fausto Aybar hace más de dos décadas en el Taller Virtual de Poesía dirigido por el escritor argentino Marcelo di Marco. En ese espacio dimos forma a nuestros primeros versos junto a Hermes de Paula, Domingo Acevedo y otros poetas de distintas latitudes, en una etapa de significativo crecimiento literario.

Con el tiempo, tuve la oportunidad de conocerle personalmente, lo que me permitió advertir el duende que lo habita, así como su profunda sensibilidad hacia la poesía, la solidaridad, las causas perdidas y los sueños. Siempre con una cámara en mano, Fausto encarna, en esencia, una actitud fraterna y solidaria ante la vida y la creación.

Los poemas que se presentan en esta entrega se distinguen por una intensa carga simbólica y una imaginería que transita entre lo urbano y lo existencial. En ellos se manifiesta una constante preocupación por la memoria, la muerte, la identidad y las tensiones sociales contemporáneas. Su escritura, además, propone una exploración del lenguaje que conjuga lo lírico con lo reflexivo, configurando una voz poética de notable densidad expresiva.

Canto al emigrante
Quiero trasladar, a ti, y a tu alma,
trasladarlos de las estresantes calles de Manhattan,
recobrarlos de las ruidosas horas de Wall Street,
despojarlos de la iniquidad Apple and Body blake.
Quiero descontaminarte, desempolvarte, mitigar el dolor
de los hombres de espejos que habitan en Broadway,
ahuyentar esas luciérnagas invisibles que pueblan el Central Park,
y sentarme a tu lado, hablar de tiempos lejanos,
bañarnos de risas y cenizas,
romper con el sueño profundo del invierno que habita en tus huesos.
Quiero trasladar, a ti, y a tu alma,
desvalijar a New York de tu sombra,
más no de sus fantasmas,
beber el silencio de las mariposas
que mueren en las fauces del Hudson,
recorrer en la distante noche la longevidad Empire State.
Quiero desenterrarte, arrullarte entre flamboyanes y cigarras,
hacer un puente tan largo, que los duendes ebrios
de Long Island en epígrafes continuos desoven estrellas,
y sobre cada constelación del universo perpetuar tu aliento,
más del llanto eterno, restos de tierra,
para quien fue, más que polvo, sueños.
Elegía del temblor de la luz
A la memoria de los fallecidos en la tragedia de 8 de abril 2025
En la discoteca Jet Set.
Un clamor
desde los confines de la noche
despierta el alba.
Oleadas de llantos surcando
cada rincón de Quisqueya.
En los campos santos
difuntos pasados gimen
por el dolor del presente.
Peregrinar de flores por los caminos
de este abril apesadumbrado.
Despierta el alba.
Y la ciudad sumergida en lágrimas,
no asiente la partida de la alegría,
no asiente el silencio del canto.
Despierta el alba.
Despierta gris como la ceniza
del verbo moribundo.
Despierta entre los escombros
de una sinfonía negada a morir.
Despierta el alba.
Y con ella la patria,
conmovida, abrumada, abatida,
despierta herida.
Despierta sobre el lomo del sol,
sobre el lomo de una oración.
Despierta del soplar
del temblor de la luz.
Desde el olvido
Es tanta la maleza y neblina en este amanecer,
que el viejo Pablo con sus ojos invadidos de telarañas
pretende tocar las primeras espigas de arroz que nacen más allá
de las colinas infectadas de mosquitos.
Ya el olor del café, se esparce entre el bohío,
los mulos con sus alforjas llenas de sueños
van recorriendo las laderas de estos campos.
Corren las voces, aúlla el viento,
el caer de las castañas sobre los charcos del tiempo,
nos dicen: que el viejo Pablo está muriendo,
que está sumergido en la impronta milenaria de este reloj de hueso,
quizás, sitiado, como puerta que corroe el silencio.
Despedida de la noche que se queda
Una noche vieja se va,
pero se queda, se queda el dolor
por los que partieron,
la angustia de que también nos iremos.
Una noche vieja se va,
se va, hacia el sendero más oscuro de la historia,
pero se queda, se queda en la memoria
de unos mortales que pretendieron ser inmortales.
Una noche vieja se va,
para que también vuelva un viejo día,
para que vuelvan los fantasmas de la luz
habitar los campos del silencio.
Una noche vieja se va,
se va una vieja noche,
pero se queda el abrazo reprimido,
la urgente necesidad, del grito libertad.
Una larga y vieja noche se va,
se va, hacia un largo y viejo día,
porque se va, y se queda como una minúscula oración
en estos cuerpos que no asienten una miga de soledad.
Una noche vieja,
quizás, se vaya o se quede,
porque un largo y viejo día volverá al vientre de una vieja y larga noche,
aunque el olvido intente ahogar la eternidad.
Plegaria del tiempo
El reloj se ha parado a las nueve menos quince desde hace un siglo,
la ciudad envuelta en el manto mágico de la lluvia
en los burdeles las orquídeas se orinan en nuestros sueños,
en el bus un repertorio de monólogos
se atrinchera para matar el discurso.
Y el reloj sigue ahí,
sucumbiendo ante el horror
de unos pederastas que se pasean silenciosos por el ciber- espacio,
y en los dormitorios destruyen
raíces de tiempos lejanos.
El reloj parece dormir desde hace un siglo,
aquí todo callan, las paredes murmuran hasta disecar el olvido, de sombras y espejos se llenan los sueños,
porque el reloj no ha muerto, está en silencio.
Despedida ii
Dormir aquí,
hasta que el tiempo
se vaya diluyendo,
la gravedad no exista,
mi alma orbite en la disparidad
del agua
Dormir allá,
desenfrenadas lombrices
devorando las texturas de las cruces,
capullo en calor,
estancia de luces, el adiós.
Dormir,
tan sólo dormir,
rejas de aplausos,
no importa en cuántas partes esté dividido el sueño,
espiga, madriguera bendita del viento.
Dormido aquí,
dormido allá,
no hay un sueño más largo que la muerte,
aroma en el aire,
despliegue de pétalos en mi boca.
orinqueña
Julia de Burgos
Y aún
después de todo,
hay una sirena que gime
por aquellas calles melancólicas de Harlem,
que deambula entre las vidrieras
fantasmagóricas de Park Avenue.
Y en la soledad de unos monólogos
estériles danza con maniquíes en
los recodos del Time Square.
Y aún
después de todo,
hay una sirena vestida
por la longevidad que emana
de los edificios dormidos de Brooklyn,
que es violentada por el sonido mágico
de estos hombres de hielo,
pues no llora, mas no ríe,
que dormita al lado de los indigentes
mesiánicos del Battery Park.
Y aquí,
bajo la sombra,
una sirena sigilosa,
esperando del poema: redención y paz.
Huérfanas siluetas habitando entre
las estatuas saladas del Memorial High
¡Oh New York! ,
vértigo de sangre,
corredizo de zombis,
orgía de metal,
en tu vientre de cristal, una sirena gime,
sobre el lomo del viento, las mariposas vuelan
hacia un horizonte de oropel.
Tras la senda de las mariposas
Puerto Plata
Del dolor, la libertad.
Homenaje a las Hermanas Mirabal
Aquí,
donde la muerte
tiene un olor a libertad,
donde la patria se viste de novia,
donde un enorme lunar de tierra
con nombre de mujer llora,
busca en los anales del tiempo,
el vestigio, el eco,
el aletear de las mariposas.
Barcos fantasmas ahuyentados
por la emancipación de los sueños.
Anarquía de idiomas fluyendo
entre los areitos de aquellas sirenas
que embriagaron las noches.
Y
la patria,
ya no gime,
celebra,
romería de luciérnagas
tras el canto indeleble de las mariposas.
Se diluye el silencio, en el cielo,
las nubes juguetean con las deidades,
un jardín de nuevas utopías florece.
En la mar, murmullos de héroes,
manifiesto imbatible de la raza inmortal.
Ruge el viento,
las mariposas vuelan uniformemente
hacia una constelación de paz,
todas las estaciones se conjugan en primavera,
abatido ya, los barrotes de sangre,
la libertad ¡renace!
Abia yala. Desde el relámpago, tu voz.
Al poeta peruano César Vallejo.
Vuela coraquenque, vuela,
unge desde tu vientre al poeta,
remueve los cimientos del yavari.
En la ebriedad del relámpago,
ruge Machu Picchu,
las deidades se abrigan al viento,
el verbo, preámbulo invasor, el destierro.
Grita Abia Yala, grita,
han borrado de la faz del verso
tus surcos, mas no tu origen,
truenan en tu boca las chichas del dolor,
urabamba en sus fauces deslinda
la reprimida historia del ankalli
Huye arawix, huye,
que ellos, los hombres de hierro,
van en busca de coricanchas,
látigo en mano, fétidos ecos
de un horizonte de huaca,
retumba un Abia Yala de fuego,
aún pernocta Coropuna, se congela el sueño.
Chuco duerme, duerme Chuco,
es hostil la utopía. Arawix sucumbe ante coraquenque,
hay sinfines de chantres hurgando en el yavarí del Machu picchu,
las musas retozan con sueños lejanos.
Urubamba irriga la tierra en noche de estrellas,
Abia Yala en su vientre, arrulla, irradia tu canto.
De la flor y su retoño
Emely Peguero y su retoño de 5 meses en gestación
Ha caído la ternura,
Y con ella, la flor y su retoño.
sobre mariposas mutiladas,
despliegan las aves su dolor.
Ha caído la inocencia,
sorprendido el asombro,
las palabras no procesan el adiós,
en la oquedad, el silencio llora.
Ha caído la flor,
y en sí, hemos caídos todos,
lagartos muriendo bajo el rocío,
epitafio para un grito desbordado.
Ha caído la esperanza,
incinerados pétalos al viento van,
ni las madrigueras absorben tanta oscuridad,
de la flor y su retoño, sólo, semillas de amor.
Canto a la montaña
Ahí está ella, la montaña,
coronada de nubes, habitada
por relámpagos y deidades,
imponente horizonte de una ciudad que duerme.
Más allá, ellos;
no creo que sean humanos,
tal vez sean mutantes, pretenden herir la montaña,
desangrarla hasta beber su último mineral.
Ahí ella: la montaña,
máquinas roncando en sus laderas,
olor a guayabas y naranjos,
y ellos, los humanos -perdón, los mutantes
enfilando sus garras rumbo al último bastión,
donde las luciérnagas erigen la textura de un sueño.
Allá, ellos,
no derraman lágrimas,
son mutantes.
Aquí la montaña, volcán de vida,
río infinito de luz.
Y los humanos,
¿Dónde están?, quizás dormidos, enterrados,
tierra de llantos y olvido.
Brevedad de la danza
¡Oh, mariposa negra,
de osamenta blanca!
Cíclope de los tiempos mutantes.
Inmaculada sonrisa del dios café.
Olor musical de corchea muda,
fusa del heredero extraviado.
Vértigo de sombras emanando
de un alma en reposo,
residuo del éter emancipado,
desnudez de la palabra inmolada.
Detén tu vuelo, y despósate
en la lividez de éste agravio,
vestido de carne, vestido de llanto.
¡Oh mariposa negra,
de osamenta blanca!
Luna llena en planeta insólito,
efímero vuelo del torso asombrado.
Detén tu aletear, y deja descansar tus alas,
tus ingrávidos sueños,
y pernóctate por siempre en éste miliciano,
herido de vidal


Esta página es una colaboración especial para este suplemento.

Posted in Cultura, GenteEtiquetas

Más de gente

Más leídas de gente

Las Más leídas