Hay músicas que impresionan por su tamaño y otras que conmueven por su cercanía. La música de cámara pertenece a esta segunda familia: no necesita una gran maquinaria escénica, ni el resplandor de una masa orquestal, ni la autoridad visible de un director. En un trío con piano, todo queda expuesto: el pulso, la respiración, la escucha, el error posible, la intuición compartida. Por eso, cuando este domingo 14 de junio el Trío VibrArt suba a la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, el público dominicano no asistirá únicamente a un concierto, sino a una forma artística de conversación humana.
VibrArt, integrado por Juan Pérez Floristán en el piano, Miguel Colom en el violín y Fernando Arias en el violonchelo, llega al país con el respaldo de la Unión Europea y Fundación Sinfonía, dentro de una visita que combina presentación artística y vocación pedagógica. El programa reúne tres mundos: Beethoven, Mendelssohn y Manuel de Falla. Tres nombres suficientes para atraer al melómano habitual, pero también tres puertas de entrada para quien desee descubrir por qué la música clásica, cuando se escucha de cerca, puede hablar con una intensidad casi física.
Honestidad brutal
El propio formato explica mucho: en una sinfonía, la emoción suele llegar como oleaje; en la música de cámara llega como confidencia. No hay donde esconderse. Cada instrumento conserva su identidad y, al mismo tiempo, depende de los otros para completar la arquitectura sonora. Miguel Colom lo resume desde la práctica del intérprete: “El diálogo y la conversación da muchas más posibilidades y yo creo que eso nos ha hecho crecer y nos hace experimentar yy retarnos cada vez que lo hacemos”. Esa frase contiene una clave esencial: el trío no funciona como suma de talentos individuales, sino como espacio de riesgo compartido.
Fernando Arias lleva esa idea hacia una dimensión todavía más reveladora. Para él, el valor de este tipo de formación está en la libertad que concede y en el precio que esa libertad exige. “Nuestra propuesta ha de ser necesariamente más libre. Y esa libertad es un reto, es un reto apasionante, pero también es que la libertad es un riesgo también”. En tiempos dominados por el consumo veloz, la música de cámara propone una experiencia casi contracultural: sentarse, escuchar, seguir una línea melódica, advertir cómo una frase pasa del violín al chelo y cómo el piano sostiene, responde, contradice o ilumina.

Ese carácter de laboratorio ha acompañado a la música de cámara desde sus orígenes. Muchas de las ideas más íntimas de los grandes compositores nacieron en estos formatos, lejos del aparato monumental de la ópera o la sinfonía. Beethoven, que abre el programa con su Trío en Re mayor, Op. 70 no. 1, conocido como “Fantasma”, entendía muy bien esa posibilidad. En esta obra, la música parece moverse entre la claridad clásica y una zona de misterio que anuncia otro mundo. Su célebre movimiento lento tiene algo de aparición: no aterra, pero inquieta; no grita, pero deja una sombra.
Mendelssohn, por su parte, aparece con el Trío no. 1 en Re menor, Op. 49, una de las cumbres del repertorio romántico para esta formación. Aquí la música avanza con una mezcla de elegancia, urgencia y canto interior. Es música de una belleza inmediata, pero no superficial. Tiene esa cualidad mendelssohniana de parecer luminosa mientras por debajo circula una emoción más compleja.
El tercer punto del programa introduce una tensión especialmente fértil para el público hispanoamericano: Manuel de Falla y la Danza ritual del fuego, de El amor brujo, en arreglo para trío con piano realizado por Juan Pérez Floristán. La elección no es un simple guiño español, sino una declaración artística sobre la vida de las obras más allá de su formato original. Floristán lo explica con una comparación luminosa. “El arreglo sigue siendo una realidad artística porque es como una traducción, incluso te pueden revelar facetas, ritmos, musicalidades que a lo mejor en el original no estaban”.
Donde todo es posible

Esa idea de traducción abre una pregunta importante para República Dominicana y para toda América Latina: ¿cómo dialogan nuestras músicas con las formas heredadas de Europa? Floristán toca un nervio cultural cuando lo responde. “Se habla mucho de la universalidad, de la música. Parece que Beethoven es universal, pero, ¿y el merengue no es universal?. Entonces, no lo entiendo. Lo universal no es lo europeo nada más”.
Ahí está uno de los grandes atractivos de VibrArt: sus integrantes no parecen interesados en presentar el repertorio como una pieza intocable, sino como una materia viva. Eso no significa ligereza ni capricho. Al contrario, el respeto al texto musical aparece como un principio ético. La libertad de la que hablan no es arbitrariedad; es responsabilidad. Para que Beethoven respire, hay que conocer su arquitectura. Para que Mendelssohn cante, hay que entender su equilibrio. Para que Falla arda en tres instrumentos, hay que saber qué se conserva, qué se transforma y qué nueva energía nace en la traducción.
Le recomendamos leer
La visita tiene además un componente formativo. Los integrantes del trío ofrecerán masterclass, una dimensión crucial en un país donde la construcción de públicos debe avanzar junto con la formación de músicos. Colom lo expresa desde una mirada generosa: “Cuando damos clase somos conscientes de que de que nos nutrimos de los alumnos”. Esa frase desmonta la idea vertical de la enseñanza artística. Un maestro no solo entrega conocimiento; también reconoce el talento que encuentra, escucha otras sensibilidades y confirma que la música se mantiene viva cuando circula.
Para el público no iniciado, la invitación es más sencilla de lo que parece. No hace falta saber teoría musical para asistir. No hace falta reconocer cada tema ni entender cada modulación. Basta con aceptar una disposición distinta: escuchar como quien entra en una conversación privada. El propio trío lo plantea desde la honestidad: “Solo basta que una persona que tenga ganas de escuchar, nosotros tenemos ganas de contar”. Tal vez ahí esté la definición más clara de lo que se vivirá este domingo: tres músicos que quieren contar algo y un público con oídos y corazón abiertos a escuchar.
