Una ciudad se parece a un animal. Posee un sistema nervioso, una cabeza, unos hombros y unos pies; tiene hábitos, memoria y emociones colectivas.
John Steinbeck
Me llamo Santo Domingo. He llevado otros nombres, he escuchado otras lenguas y he visto pasar tantas generaciones que a veces me resulta difícil distinguir dónde termina la memoria y dónde comienza el tiempo. Los hombres suelen medir la edad mediante calendarios; las ciudades la medimos de otra manera: por la profundidad de nuestras sombras, por la cantidad de recuerdos que se acumulan en nuestras piedras y por las veces que hemos cambiado sin dejar de ser nosotros mismos.
Nací junto a la desembocadura de un río que conocía el camino del mar. Aquel torrente fue también mi primer maestro. De él aprendí que permanecer no significa inmovilizarse y que toda continuidad es, en realidad, una forma secreta del cambio. Desde hace más de cinco siglos lo veo avanzar hacia el Caribe con una serenidad que ninguna tormenta ha conseguido alterar del todo, y todavía encuentro en sus aguas una lección que los hombres parecen olvidar con frecuencia: el tiempo no destruye únicamente; también construye.
Por eso, cuando intento recordar mis orígenes, no pienso primero en las fortalezas, ni en las iglesias, ni en los edificios que fueron apareciendo sobre la piedra coralina. Pienso en la luz. La recuerdo descendiendo sobre el río durante las primeras mañanas de mi existencia. Recuerdo el brillo del mar más allá de la desembocadura. Recuerdo la brisa salina que ascendía desde el Caribe y el silencio inmenso de un paisaje que comenzaba a transformarse bajo la voluntad de los hombres. Antes de convertirme en ciudad fui apenas una posibilidad contenida entre el agua, la piedra y el horizonte.
Quizá todas las ciudades nacen dos veces: primero en la geografía; después en la imaginación humana. La geografía les ofrece un lugar; los hombres les conceden un destino. Yo tuve la fortuna de recibir ambas cosas.
Durante siglos observé cómo unos y otros iban dejando sobre mí las huellas de sus aspiraciones, de sus temores y de sus esperanzas. Cada generación creyó estar construyendo algo nuevo y, sin embargo, todas terminaron participando en una misma obra que ninguna alcanzó a comprender por completo. Las ciudades son siempre más antiguas que quienes las habitan y más jóvenes que quienes las sueñan.
A veces escucho decir que fui importante desde mis primeros años. Tal vez sea cierto. Durante algún tiempo ocupé una posición singular dentro de un mundo que comenzaba a descubrir dimensiones desconocidas de sí mismo. Confieso que llegué a creer que aquel privilegio sería permanente. Desde mis muelles partían embarcaciones hacia horizontes remotos y regresaban noticias que parecían contener el destino entero de un continente.
Pero la importancia es una condición pasajera. He vivido lo suficiente para saber que el poder cambia de residencia con extraordinaria facilidad. Los hombres persiguen con fervor aquello que consideran central y olvidan con rapidez aquello que juzgan periférico. La historia se desplaza continuamente de un escenario a otro, como la luz que avanza durante la tarde sobre una fachada.
Yo conocí ambas experiencias. Conocí la atención y conocí el olvido. Durante algún tiempo creí que el mundo terminaba donde terminaban mis muelles. Más tarde descubrí que el mundo posee la costumbre de alejarse precisamente de aquello que considera prescindible. Y si algo aprendí de esa lección fue que ninguna ciudad vive de la importancia que le atribuyen los demás, sino de la relación que establece con el tiempo.
Mientras otras crecían impulsadas por riquezas repentinas, yo aprendía el valor de la lentitud. Durante largos períodos de mi existencia, la vida transcurrió aquí con una calma que hoy parecería imposible. Las campanas regulaban las horas. El río seguía su curso. Las conversaciones se prolongaban bajo los corredores. Las sombras de los almendros avanzaban lentamente sobre los patios. Las estaciones regresaban con una puntualidad casi musical.
Aquella aparente quietud escondía una verdad profunda. Nada permanecía inmóvil. Las generaciones cambiaban. Los hábitos evolucionaban. Las ideas llegaban y se marchaban. Las casas envejecían. Los niños se convertían en ancianos. Lo que parecía permanencia era simplemente una transformación tan lenta que resultaba imperceptible.
Fue entonces cuando comprendí algo que todavía considero una de las enseñanzas fundamentales de mi existencia: el tiempo rara vez actúa mediante rupturas; prefiere trabajar mediante acumulaciones. Una ciudad no se transforma de un día para otro. Se transforma conversación tras conversación, calle tras calle, decisión tras decisión, generación tras generación.
Por eso me resulta difícil identificar el momento exacto en que dejé de ser una pequeña ciudad para convertirme en una gran metrópoli. No ocurrió de repente. Ninguna mañana desperté distinta. Simplemente fui creciendo. Los campos comenzaron a retirarse. Aparecieron nuevos barrios. Las avenidas prolongaron el alcance de mis movimientos. Los puentes unieron espacios que durante mucho tiempo parecieron separados. Millones de personas llegaron desde todos los rincones del país trayendo consigo acentos, costumbres, recuerdos y esperanzas.
Cada una añadió algo a mi personalidad. Porque una ciudad es, ante todo, una gran conversación colectiva. Los edificios pueden cambiar. Las infraestructuras pueden multiplicarse. Las tecnologías pueden modificar la forma de vivir. Pero la verdadera materia de una ciudad sigue siendo humana. Está hecha de encuentros y despedidas; de afectos que duran décadas y de conversaciones que duran apenas unos minutos; de recuerdos compartidos por personas que nunca llegaron a conocerse entre sí.
A veces observo mis avenidas repletas de vehículos y me pregunto qué pensarían de ellas quienes caminaron por mis primeras calles. Otras veces contemplo las torres que hoy se elevan sobre el horizonte y recuerdo que allí donde ahora brillan los cristales existieron jardines, huertos, potreros y senderos que parecían destinados a permanecer para siempre.
Entonces sonrío ante una vieja ilusión humana: el ensueño de creer que algo permanecerá exactamente igual. Nada permanece igual. Ni siquiera las ciudades. Sin embargo, tampoco desaparecen por completo. Algo esencial sobrevive a todas las transformaciones. Yo misma soy prueba de ello. He cambiado innumerables veces de apariencia, he ampliado mis límites, he modificado mis ritmos y he incorporado nuevas formas de trabajo, de movilidad y de convivencia. Pero continúo reconociéndome en ciertos rasgos que atraviesan los siglos con sorprendente fidelidad.
Me reconozco en la luz dorada que cada tarde se posa sobre las murallas antiguas y sobre los edificios más recientes con idéntica generosidad. En el rumor del Ozama avanzando hacia el mar. En la brisa que asciende desde el Malecón al caer la tarde. En esa inclinación de mis habitantes a convertir los espacios públicos en lugares de encuentro y las dificultades cotidianas en oportunidades para la conversación.
Porque también las ciudades poseen un carácter. No un carácter fijo e inmutable, sino una personalidad que se va formando lentamente mediante la experiencia acumulada. La mía ha sido moldeada por el mar y por el río, por la memoria y por la esperanza, por las épocas de abundancia y por los tiempos difíciles.
He aprendido a convivir con la incertidumbre sin renunciar al optimismo. He aprendido a crecer sin olvidar del todo mis orígenes. He aprendido que la modernidad no tiene por qué exigir la renuncia a la memoria. Quizá esa sea la tarea más difícil que enfrenta toda ciudad madura: no elegir entre pasado y futuro, sino encontrar una manera de permitir que ambos dialoguen.
Los hombres suelen imaginar el tiempo como una línea. Yo lo percibo más bien como una superposición de capas. El pasado no desaparece. Permanece debajo de cada presente, sosteniéndolo silenciosamente. Bajo mis avenidas contemporáneas sobreviven antiguos caminos. Bajo ciertas costumbres modernas continúan respirando hábitos remotos. Bajo la ciudad visible persiste otra ciudad más profunda que nunca termina de marcharse.
Esa ciudad invisible es mi verdadera memoria. Y quizá también mi verdadera identidad. No está hecha de edificios ni de avenidas, sino de emociones acumuladas, de gestos repetidos durante generaciones y de recuerdos que sobreviven incluso cuando quienes los vivieron han desaparecido.
Allí habitan simultáneamente todas mis edades. He vivido más de cinco siglos. He contemplado triunfos y fracasos, entusiasmos y desencantos, comienzos y despedidas. Pero cuanto más larga se vuelve mi existencia, menos importancia concedo a los acontecimientos aislados y más atención presto a las continuidades.
Al fin y al cabo, una ciudad no es la suma de sus episodios extraordinarios. Es la persistencia de una conciencia colectiva a través del tiempo. Yo soy esa conciencia. Soy la conversación ininterrumpida entre el mar, el río y los hombres. Soy la memoria que permanece cuando las generaciones desaparecen. Soy la promesa que cada generación recibe y transmite a la siguiente.
Y mientras la luz continúe descendiendo sobre mis murallas, mis avenidas y las aguas del Ozama; mientras alguien se detenga a contemplar el horizonte desde cualquiera de mis rincones; mientras exista una nueva esperanza buscando un lugar donde echar raíces, seguiré escribiendo mi biografía con la materia más discreta y poderosa de todas: el tiempo.
Porque las ciudades no mueren cuando envejecen. Mueren cuando dejan de imaginarse a sí mismas. Y mientras el Ozama siga buscando el mar, mientras la tarde continúe derramando su luz sobre mis piedras antiguas y mis horizontes nuevos, mientras una voz vuelva a nombrarme y un sueño encuentre refugio entre mis calles, seguiré soñando la ciudad que todavía no soy.
Porque la parte más importante de mi historia no es la que he vivido. Es la que todavía sueño.
