Una excepcional pieza medieval revive en el Alcázar de Colón

La República Dominicana resguarda en su territorio un amplio conjunto de piezas artísticas y objetos de enorme valor histórico y cultural, muchos de ellos procedentes de distintas partes del mundo y preservados a lo largo de generaciones.

La Zona Retro de esta semana evoca la restauración y exhibición de un objeto excepcional: un altorrelieve medieval que, tras una vida marcada por siglos de tránsito, destrucción y renacimiento, volvió a ocupar su espacio en el Alcázar de Colón.

Una talla singular

Se trataba de un altorrelieve en madera de castaño, dorado y policromado, tallado en un único bloque y compuesto en forma trapezoidal. Medía 88 centímetros de largo, alcanzaba una altura máxima de 57.5 centímetros y tenía un fondo de 20 centímetros.

La disminución progresiva de la altura sugería que había sido parte de un retablo. Su parte posterior estaba ahuecada para aligerar el peso, una técnica habitual en piezas sacras medievales.

El motivo representaba la muerte de la Virgen, conocida por los primeros cristianos y aún por las comunidades orientales como “la dormición”. En la tradición hispánica medieval se le llamaba “la salida” o “el tránsito”, mientras que, en un lenguaje más cercano al siglo XX, equivalía a “la Asunción de la Virgen”, conforme a la enseñanza de San Agustín, quien afirmaba que María “pasó por la muerte, pero no permaneció en ella”.

Un viaje a través de los siglos

El relieve llegó al país en la década de 1950 durante los trabajos de reconstrucción y ambientación del Alcázar de Diego Colón, dirigidos por el arquitecto Barroso. Formó parte de una importante adquisición del Gobierno dominicano destinada a vestir y embellecer la residencia del hijo del primer Almirante.

Instalada en la recámara de María de Toledo, la pieza permaneció expuesta hasta abril de 1965, cuando la guerra civil marcó su destino.

Destrucción en la guerra de 1965

Tres obuses de gran calibre, disparados por tropas extranjeras de ocupación, impactaron el muro norte del Alcázar. El relieve, colgado en su interior, quedó destrozado en más de 40 fragmentos, algunos tan pequeños que apenas podían reconocerse.

En medio del caos, Juan Fidelio Guzmán, quien entonces trabajaba en el museo y más tarde sería director de Restauración y Conservación de la Oficina de Patrimonio Cultural, rescató los restos utilizando un cedazo para evitar que se pierdan incluso las partes diminutas. Gracias a su rápida acción, la obra gótica logró salvarse del olvido.

Un rompecabezas medieval

Al iniciar la restauración, Guzmán advirtió que la madera estaba afectada por carcoma, lo que obligó a aplicar un tratamiento especializado para erradicarla. Luego procedió a limpiar, encolar y ensamblar cada fragmento en un proceso tan meticuloso como resolver un rompecabezas sumamente complejo.
La labor se volvió todavía más desafiante por la ausencia de una fotografía de la pieza original, lo que habría facilitado la reconstrucción.

Una vez unidos los fragmentos y definidos sus lugares exactos, Guzmán completó las partes faltantes únicamente cuando estaba seguro de no alterar el diseño original. Para ello utilizó madera y cera de resina, materiales que también empleó para rellenar la cavidad posterior y consolidar la estructura.

El renacer de la obra

Concluida la reconstrucción estructural, se reintegró la capa pictórica y se aplicó un barniz protector. La escultura fue colocada nuevamente en su repisa original y, para realzarla, la deteriorada tela del fondo fue sustituida por un terciopelo rojo que acentuó los detalles del relieve.

Tras un largo y cuidadoso proceso, la pieza medieval volvió a exhibirse en el Alcázar, convertida no solo en una obra de arte recuperada, sino también en testimonio del valor de la memoria histórica y del compromiso por preservar el patrimonio cultural de la nación.

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