El deseo: esa música nocturna

El deseo en el Caribe no entra caminando: entra bailando. Uno puede pasarse la vida leyendo a los filósofos griegos, subrayando a Platón, discutiendo con Aristóteles y perdiéndose en las notas de algún tratado universitario sobre la naturaleza del amor; pero basta descender una noche cualquiera por una calle húmeda de Santo Domingo o Puerto Plata para comprender que el deseo sabe de nosotros cosas que ninguna metafísica ha conseguido explicar. Porque el Caribe no piensa el deseo: lo canta.

Y lo canta de noche, naturalmente, que es cuando las ciudades tropicales dejan de fingir compostura y comienzan a parecerse a sí mismas. El calor afloja las corbatas, las ventanas se abren, los ventiladores giran con la perseverancia de hélices cansadas y, entre el rumor de los automóviles y alguna música que llega desde lejos, aparece esa antigua conspiración de cuerpos, perfumes, alcohol y canciones que ha arruinado más vidas que todas las revoluciones del continente.

Los griegos tuvieron a Eros; nosotros tuvimos el bolero. No hay entre ambos una distancia tan grande como pudiera suponerse. Safo supo describir el temblor del amor con una precisión que todavía haría sonrojar a ciertas muchachas dominicanas de los años ochenta, aquellas para quienes una mirada podía durar más que una conversación y una conversación podía comprometer el destino. Pero en el Caribe el deseo adquirió otras dimensiones: ritmo, sudor, percusión, humo, madrugada. Se volvió son, guaracha, mambo, merengue, bolero. El Mediterráneo inventó la tragedia amorosa; el Caribe le puso música de fondo, una botella de ron sobre la mesa y una puerta que quizá alguien cerraría demasiado tarde.

El deseo, aquí, nunca fue silencioso ni inocente. Las ciudades caribeñas saben, acaso por experiencia acumulada, que toda pasión verdadera mantiene alguna relación con el desastre. Un hombre entra en un bar dispuesto únicamente a tomar un trago y sale de allí, horas después, convertido en otra persona porque una mujer ha cantado «Perfidia», mirándolo durante unos segundos que parecieron contener una biografía entera. ¿Qué ha ocurrido? Nada que pueda consignarse en un acta. Nadie ha firmado un contrato, nadie ha formulado una promesa. Sin embargo, algo ha cambiado. El deseo posee esa extraña capacidad de alterar la realidad sin modificar aparentemente ninguna de sus circunstancias.

El deseo no avanza en línea recta: vuelve, insiste, se demora, abandona un motivo para recuperarlo después bajo otra luz. Se parece más a una melodía que a un razonamiento. Una frase musical puede regresar después de veinte compases y, sin embargo, ya no ser la misma. Así ocurre con ciertas pasiones: aquello que parecía insignificante adquiere, con el tiempo, una intensidad que no tuvo mientras sucedía. Por eso muchas historias de amor se recuerdan menos por lo que ocurrió que por la música que las acompañaba, por la lluvia de aquella noche, por el olor de una habitación, por una calle vacía, por la voz de alguien que dijo una frase aparentemente trivial.

El deseo necesita escenografía y distancia. El exceso de claridad lo empobrece. Hay algo que debe permanecer oculto, no por recato, sino porque la imaginación participa de la seducción. Las grandes películas de otra época lo sabían. El cine en blanco y negro comprendió que una sombra podía ser más erótica que una desnudez y que una pausa podía decir aquello que el diálogo destruía al explicarlo. Humphrey Bogart encendiendo un cigarrillo frente a Lauren Bacall contenía, en aquella economía de gestos, una intensidad que buena parte del cine contemporáneo ha perdido al confundir mostrarlo todo con revelar algo.

Freud, desde Viena, intentó descifrar los mecanismos secretos de esa maquinaria sentimental. Su empresa fue formidable, pero uno sospecha que habría encontrado ciertas dificultades en una madrugada dominicana. ¿Cómo explicar mediante un esquema psicoanalítico el instante en que una mujer cruza una pista de baile y mira a un hombre que todavía no sabe que acaba de comenzar a perder la cabeza? El deseo no siempre espera a que la razón prepare sus argumentos. A menudo llega antes, se instala sin permiso y deja a la inteligencia encargada de redactar después las explicaciones.

Tal vez el bolero haya entendido mejor que muchas teorías la naturaleza de esa experiencia. No habla de relaciones saludables ni de una administración razonable de los afectos. Habla de abandono, celos, traición, espera, arrepentimiento, ausencia. Habla de hombres que prometen morir y de mujeres que, con admirable falta de prudencia, creen durante tres minutos que semejante promesa puede tomarse en serio. Nadie compone un bolero para celebrar una conversación madura sobre límites emocionales. El bolero necesita exceso porque el deseo exagera. ¡Y qué alivio que exagera!

Imaginemos por un instante un mundo completamente razonable: amantes puntuales, pasiones equilibradas, despedidas administradas con eficiencia escandinava, matrimonios que terminan después de una conversación civilizada y antiguos amantes que se encuentran años después sin que ninguno experimente la menor alteración del pulso. Sería un mundo perfectamente ordenado y, por eso mismo, insoportable. El deseo introduce desorden en la existencia y, gracias a ese desorden, la vida consigue escapar de la contabilidad.

Claro que el deseo también miente. Promete eternidades que duran tres meses; transforma personas ordinarias en criaturas mitológicas; convierte hombres inteligentes en escritores de cartas ridículas a las tres de la mañana. Pero incluso sus mentiras contienen cierta grandeza. Es una forma de imaginación, y sin imaginación el mundo corre el riesgo de convertirse en una oficina interminable iluminada por tubos fluorescentes.

Quizá por eso el poder haya desconfiado siempre del erotismo. Toda autoridad prefiere ciudadanos previsibles, ocupados en sus obligaciones y atentos a los horarios. El deseo, en cambio, distrae. Un hombre enamorado descubre de pronto que hay algo que no puede reducirse a una consigna, una orden o un horario. Puede pasar una tarde entera esperando una llamada, mirar una ventana durante demasiado tiempo, escuchar una canción que debería haber olvidado. Cada pasión contiene una pequeña rebelión: la de aquello que no acepta someterse enteramente a la utilidad.

Y acaso por eso el Caribe conserva todavía una peligrosa inclinación al exceso sentimental. Aquí la gente continúa bailando demasiado cerca, cantando demasiado tarde, conversando durante horas en una acera, enamorándose con una irresponsabilidad que a veces parece absurda y, sin embargo, posee su propia sabiduría. La vida tropical conoce algo que las sociedades obsesionadas con la eficiencia olvidan con facilidad: no todo lo valioso puede medirse por su rendimiento. El deseo sobrevive precisamente ahí, en todo aquello que todavía se niega a ser eficiente.

Afuera, la noche comienza a retirarse lentamente sobre el Malecón. El mar golpea las piedras con esa paciencia antigua que tienen los mares tropicales. Algún borracho regresa a casa cantando un bolero desafinado, convencido quizá de que todavía puede salvar una historia que terminó hace años. Una mujer se quita los zapatos antes de entrar en su casa y los lleva en la mano, como si con ellos pudiera dejar también en la calle el cansancio de la noche. En alguna habitación, mientras un ventilador gira inútilmente contra el calor, alguien escucha una canción que ya conoce de memoria y, sin saber por qué, vuelve a estremecerse.

Y entonces comprendemos que el deseo nunca fue solamente una idea filosófica ni un problema moral, ni siquiera una aventura del cuerpo. Es algo más antiguo y misterioso: una música que nos precede, que a veces nos pierde y otras nos devuelve a nosotros mismos. Una música nocturna que comienza cuando la ciudad calla un poco, cuando el mar respira junto a las piedras y una voz, desde algún lugar de la madrugada, vuelve a cantar.

Posted in Apuntes de Infraestructura, Cultura, GenteEtiquetas

Más de cultura

Más leídas de cultura

Las Más leídas