Semana Santa en Jerusalén, la esencia de Jesús

Durante la Semana Santa en Jerusalén, peregrinos cristianos tocan la Piedra de la Unción a la entrada de la Iglesia del Santo Sepulcro, el lugar de la crucifixión, entierro y resurrección de Cristo.
La capital de Israel recibe miles de visitantes, cuyo único deseo es participar en el lugar donde ocurrieron los hechos

Lejos de la solemnidad de las procesiones españolas o del dramatismo de algunas latinoamericanas, la Semana Santa asume un papel mucho más humilde en la tierra en la que nació el cristianismo, implantando en el corazón de todo peregrino una esencia más genuina del mensaje de la Resurrección.

Miles son los peregrinos que se dan cita cada año en Jerusalén para volver sobre los pasos de Jesús en el Monte de los Olivos, el valle del Cedrón y la ciudad vieja, en busca de una espiritualidad que emana de cada uno de sus lugares sagrados, de cada una de sus piedras y rocas.

Y ello a pesar de que las procesiones no tienen la vistosidad ni la pompa a la que algunos están acostumbrados en Latinoamérica o en España, por ejemplo, países en los que la Semana Santa se ha convertido en auténtico patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

“Las manifestaciones de la fe en Tierra Santa, sobre todo las externas, son muy sencillas”, declaró a Efe el padre Juan María Solana, agregado cultural de la Santa Sede en Tierra Santa, para quien “esto ha ayudado a que se mantengan muy pegadas a lo esencial, a lo pobre, a lo original”
.
El inicio, en el Monte de los Olivos

Por la variedad de corrientes que tienen sede en la ciudad, la Semana Santa jerosolimitana es un reflejo de la diversidad en el mundo cristiano y en ocasiones hasta celebran la Pascua en distintas fechas por las diferencias entre los calendarios Gregoriano y Juliano.

Para el peregrino más devoto, la Semana Santa en Jerusalén se inicia en el Monte de los Olivos con una colorida procesión de Domingo de Ramos que recrea la entrada triunfal de Jesús en la ciudad.

Una caminata de apenas dos kilómetros de empinadas subidas y bajadas que transcurre entre las alegres melodías y canciones de los grupos de feligreses, que animan con sus instrumentos y palmas las más ceremoniosas oraciones de los religiosos franciscanos a la cabeza.

Mucho más solemne y sobrio es el Jueves Santo, con la ceremonia de Lavatorio de Pies a doce notables de la comunidad palestina local por parte del patriarca latino y la oración de la última Cena en el Cenáculo, símbolo del amor fraterno que debe regir la vida de todo cristiano y en la que se instauraron la eucaristía y el orden sacerdotal.

Ubicado en el Monte Sin de Jerusalén, encima del lugar donde la tradición sitúa la tumba del bíblico rey David, linaje del mesías en la tradición judeo-cristiana, el Cenáculo se abre para la oración dos veces al año, aunque el resto está abierto al turismo.

Esa noche, las actividades religiosas se trasladarán al huerto de Getsemané y la Basílica de la Agonía, donde se recrea la “Pasión de Jesús” y su fatídico apresamiento.

Ante la roca de la Agonía se proclaman en distintos idiomas los textos evangélicos que señalan el lugar en el que Jesús, poco antes de su arresto, se entrega a la voluntad del Padre y a su sufrido destino, y en recuerdo del sudor de sangre que aquella noche cayó sobre las rocas del huerto, ahora se esparcen pétalos.

Cruce entre cristianos y mahometanos

Son el preámbulo a los dramáticos eventos de un Viernes Santo que, en Jerusalén, adquieren, si cabe, un mayor simbolismo y espiritualidad, aunque sólo sea porque los peregrinos retoman el que consideran el itinerario de Jesús hacia la cruz.

El término “Vía Dolorosa” -dice el padre Solana- tiene dos sentidos: uno es una calle de la ciudad antigua de Jerusalén donde los cristianos -al menos desde el tiempo de los cruzados- han recordado piadosamente el camino que siguió Jesús hasta el Calvario.

“El otro coincide más con el término ‘Vía Crucis’, y describe el camino espiritual y moral de Jesús en su pasión. Coinciden en la materialidad, pero el segundo sentido resalta más la persona y la experiencia de Jesús”, subraya.

Con la excepción de los detalles del juicio y de la crucifixión, los Evangelios no abundan demasiado sobre el trayecto mismo y, ni mucho menos, sobre la ubicación exacta de los lugares y episodios que actualmente son conmemorados en cada estación.

El recorrido actual data del siglo XVIII y fue definido, más o menos, sobre el de otros anteriores que conmemoraban las mismas estaciones y recuperaban figurativamente la arteria este-oeste que cruzaba la antigua ciudad romana en su sector norte.

La ceremonia la suele encabezar el patriarca latino de Jerusalén, o en su ausencia, el administrador apostólico, el italiano Pierbattista Pizzaballa.

Detrás, miles de personas seguirán sus pasos por las empedradas callejuelas, de forma individual o en grupos, cargando una gran cruz de madera de olivo bajo la que se van alternando palestinos cristianos y peregrinos.

Por la hora en la que se celebra, los cánticos litúrgicos del itinerario y los rezos de cada estación -cada uno en su propio idioma- se entremezclan en Jerusalén con las llamadas del muecín convocando a los musulmanes a la mezquita en su día santo semanal.

La Policía israelí, que controla esa parte ocupada de la ciudad, se encarga de abrir y cerrar las barreras en las vías en las que confluyen los creyentes de las dos confesiones, los unos camino del Santo Sepulcro, los otros de la mezquita de Al Aqsa.

Y también el paso de los judíos que, con motivo del Pésaj (Pascua), se dirigirán al Muro de las Lamentaciones, todo dentro de una ciudad amurallada de menos de un kilómetro cuadrado.

Los actos y ceremonias son retomados al día siguiente con la bendición del fuego y del agua en el Santo Sepulcro, más vistosa en ritual ortodoxo que en el católico y antesala de una Pascua que adquiere su máximo esplendor con el prolongado repicar de campanas que anuncian al mundo la Resurrección.
“El conocimiento de la Semana Santa entre los creyentes varía mucho de nación a nación y de persona a persona. No cabe duda que la tradición hispana ha acentuado mucho el sacrificio de Cristo, su dolor, su pasión. Y de ello brota la gratitud y la alegría de la Resurrección”, sentencia Solana sobre el mensaje central de la Pascua, que ejemplifica con la ilustrativa parábola de Jesús sobre el dolor de la mujer que finalmente da a luz un hijo.

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