¿A quién se le pega el foul del DR-CAFTA? (1)

La República Dominicana se incorporó en 2003 al proceso de negociación comercial que culminó en el DR-CAFTA, con muy poca capacidad de maniobra y la imposición de que los negociadores directos, tenían que ser oficiales, dejando en la habitación de al lado al sector privado. Había mucha prisa y hasta presiones. El Tratado para nosotros y Acuerdo para los Estados Unidos tiene una fina sutileza del Derecho Internacional que para uno era obligatorio y vinculante y para el otro optativo para cada Estado.. Se presentó como una puerta hacia el desarrollo, pero la apertura comercial no garantiza por sí sola, que los productos dominicanos pudieran competir en condiciones equivalentes. Aunque hay otros sectores comprometidos, el arroz es uno de los ejemplos más sensibles, porque no representa sólo una mercancía: representa empleos rurales, seguridad alimentaria, comunidades agrícolas y una forma de vida, inversión..

Lo advertí hace años en un artículo que titulé “No entiendo” cuando me refería a que no veía los cacareados beneficios, pero sí la espada de Damócles con el arroz criollo. Aquella promesa de que el tratado contribuiría a corregir hasta contradicciones de la sociedad, ampliar los mercados mejorar la educación, el empleo y los ingresos, permite plantear una pregunta más profunda:¿cuál de aquel desarrollo prometido se materializó y quien ha pagado el costo de la apertura? Eliminar aranceles no hace desaparecer las diferencias en subsidios, financiamiento, tecnología, seguros agrícolas, infraestructura ni capacidad de almacenamiento. Para atribuir responsabilidades políticas concretas habría que distinguir entre quién negoció, quién firmó, quién ratificó y quién tuvo la posibilidad de modificar y administrar sus efectos y a quien, con menos responsabilidad, se le pega el foul. . Desde el primer día de clases se sabía que el plazo vencía en el 2025 y que mientras, había que preparar al productor, su entorno, así como el enorme efecto en la economía nacional. Surgieron lobos que han sabido aprovechar las debilidades intrínsecas de la personalidad nacional y la idea de que “la virgen de Altagracia nos protege y que todo lo arregla”. El tiempo pasó y cayeron los plazos y estamos frente a fatalidades de amplísimos efectos. Lamentar no nos sirve de mucho y el productor criollo precisa del amparo oficial so pena de no poder competir con el productor americano en nuestro propio mercado, sin protección arancelaria alguna y con costos de producción más elevados. Sé que esos lobos esteparios, que se enriquecen sin riesgos, aprovechan los privilegios de manejar importaciones agrícolas, estarán frotándose las manos contando inclusive con financiamiento blandísimo en detrimento del productor criollo. Ha pasado con otros rubros agrícolas hoy es una peligrosa amenaza real.



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