Ausencias que nunca sanan

Ausencias que nunca sanan
Ausencias que nunca sanan

La gente suele decir que el tiempo sana todas las heridas, pero quienes han vivido la pérdida de un ser amado saben que hay ausencias que nunca terminan de sanar. El dolor cambia de forma, se vuelve más silencioso y aprendemos a convivir con él, pero jamás desaparece por completo. Hay heridas que se quedan para siempre en el alma, recordándonos cuánto amamos a quienes hoy ya no están físicamente.

Hace cinco años me tocó enfrentar una de las experiencias más dolorosas de mi vida: perder a mi madre. Nadie está preparado para despedirse de la persona que le dio la vida, de esa voz que siempre estaba presente en los momentos difíciles y felices. Al principio todo parecía imposible de soportar. Los días se hacían eternos y las noches aún más pesadas. Pensaba que con el tiempo el dolor desaparecería, pero entendí que no funciona así. Uno no sana completamente; simplemente aprende a vivir con la ausencia.

Con el paso de los años aprendí a seguir adelante, a sonreír nuevamente y a continuar con mis responsabilidades. Sin embargo, hay días en los que todo parece estar bien y de repente algo me recuerda a ella: una canción, una comida, una fotografía o una fecha especial. En ese instante todo se detiene. El corazón vuelve a sentir el mismo vacío y la nostalgia regresa con fuerza. No porque sea débil, sino porque hay espacios en la vida que nadie más puede llenar.

Y cuando todavía quedaban heridas abiertas, la vida volvió a golpearme. Hace justamente dos meses falleció una tía que terminó convirtiéndose en una segunda madre para mí. Su partida removió nuevamente emociones que pensé que había aprendido a controlar. Ella no solo era mi tía; era esa persona que siempre estaba presente para escucharme, aconsejarme y brindarme cariño en los momentos que más lo necesitaba.

Todavía me cuesta aceptar que ya no está para darme ese consejo oportuno, esa sonrisa sincera o simplemente ese “buenos días” que muchas veces marcaba la diferencia en mi día. Hay personas que se ganan el corazón con pequeños gestos, y ella lo hizo sin darse cuenta. Su amor, su apoyo y su manera de hacerme sentir acompañado dejaron una huella imposible de borrar.

Perder a un ser amado una vez ya es devastador, pero vivirlo dos veces deja un peso emocional aún más profundo. Es como si una parte del alma volviera a romperse. Aun así, uno intenta seguir adelante porque entiende que la vida no se detiene y porque quienes partieron jamás quisieran vernos rendidos por el dolor.

Aunque encuentro consuelo pensando que ambas están en un mejor lugar y que desde el cielo me cuidan, siempre existirá una parte de mí que deseará tenerlas aquí. Escuchar otra vez sus voces, recibir un abrazo o simplemente compartir unos minutos más a su lado. Hay cosas que el tiempo no puede devolver.

Pero sigo caminando, no porque ya no duela, sino porque todo lo que me enseñaron sigue viviendo dentro de mí. Sus valores, su amor y cada recuerdo compartido se convirtieron en fuerza para continuar. Y mientras yo siga de pie, mientras las recuerde y las lleve en mi corazón, una parte de ellas jamás se irá de mi vida…..

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