Autodesarrollo y autoconocimiento

Cuando cumplí 53 años, me senté conmigo misma a evaluar cómo había conducido mi vida hasta ese momento. Algo dentro de mí dijo: debes parar. Y cuando paré, vi lo que había hecho durante más de veinte años: desarrollarme sin parar. (Que en esencia no tiene nada de malo).

Mi vida transcurría entre cursos, libros, certificaciones, procesos, hábitos nuevos. Buenos hábitos en general, que sin duda me trajeron hasta aquí. Y estoy agradecida por ello. El asunto es que nunca me había detenido a disfrutar a la persona que fui construyendo. Nunca me había sentado con ella (yo) a conocerla de verdad.

Y eso me hizo pensar en algo que creo que he confundido mucho: el autodesarrollo y el autoconocimiento. Que, con el tiempo me he dado cuenta no son la misma cosa. Los usamos como sinónimos, los ponemos en la misma categoría, pero viven en lugares muy distintos y responden a preguntas completamente diferentes.

El autodesarrollo tiene una energía que nunca descansa, porque siempre hay algo que mejorar, algo que aprender, una versión más capaz de ti esperando en el horizonte. Y eso tiene valor, claro que sí, pero, también tiene una trampa silenciosa: el punto de llegada siempre se mueve. Nunca es suficiente. Y si no te das cuenta, esa búsqueda de ser mejor se convierte en una forma muy sofisticada de no estar con quien ya eres, de vivir huyendo del presente y todo lo que eres hoy.

El autoconocimiento no te pide que cambies nada, te invita a que te veas, a que te sientes con tu historia, con tus maneras de ser, con lo que te gusta de ti y con lo que todavía te cuesta; desde la curiosidad e interés genuino, y no desde la corrección.

Entonces la pregunta cambia, ya no es ¿En qué debo mejorar? sino ¿Quién soy, de verdad?

Siendo honesta: los dos se necesitan. Conocerte sin querer crecer puede volverse autocomplacencia, y desarrollarte sin conocerte es construir sobre terreno que no entiendes. Pero el problema real viene cuando los confundimos, o peor, cuando usamos uno para escapar del otro.

Y es que uno puede estar tan ocupado construyendo una mejor versión de sí mismo que nunca se permite habitar la versión actual. Entonces te enfrascas en mejorar como forma de evitar estar. Y eso, aunque se vea como disciplina, a veces es simplemente miedo disfrazado de productividad.

Al reflexionar en esto, pude cambiar la pregunta; Ya no me pregunto qué me falta por desarrollar. Me pregunto qué me falta por disfrutar. Y esa distinción, que parece pequeña, lo ha cambiado todo.

Tal vez el crecimiento más profundo no siempre es hacia adelante, quizá es quedarte quieta con quien ya eres, mirarte bien, y decidir que esa persona también merece tu atención, y no para cambiarla, sino para conocerla, y finalmente, disfrutarla.

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