En el país se insiste en la equivocada idea de que cumplir 60 años convierte automáticamente a cualquiera en un ser frágil, dependiente y necesitado. Esa narrativa, repetida como consigna populista, reduce a los adultos mayores a un bloque homogéneo y enfermo, cuando en realidad es un grupo diverso. Hay muchos envejecientes pobres y vulnerables, claro, pero también miles que trabajan, están activos, se divierten, son autosustentables. El problema es la pobreza, no la edad. Pero preferimos disminuir a todo un grupo para justificar políticas asistencialistas. Envejecer no es una tragedia; lo es envejecer en pobreza. Confundir vejez con miseria instala una mentalidad fatalista de esa etapa y revela nuestra pereza cultural para pensar.
