¿Qué c… es eso de “farmear aura”?

El mundo del algoritmo consiguió que hasta nuestra personalidad tenga puntuación y audiencia.

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Hay instantes en la vida en que uno descubre que se hace mayor, sobre todo cuando deja de entender a los jóvenes. Antes ocurría cuando empezaban a escuchar una música insoportable; luego, fenómenos como los “therians” parecían haber llevado aquello a lo máximo. Ahora, la nueva expresión es “farmear aura” y uno piensa que se trata de una suerte de agricultura tecnificada.

“Farmear” (del inglés “farm”) viene de los videojuegos: repetir acciones para acumular puntos. Es como cuando usted va a la casa de su suegra: no sirve para nada, pero “acumula puntos”. “Aura”, en el nuevo diccionario de internet, es carisma, presencia, estilo, ese no sé qué que hace que alguien parezca interesante incluso mirando una pared. Junte ambas cosas y obtendrá la nueva tendencia en las redes: hacer algo calculadamente cool para sumar “puntos de prestigio”.

Sí, hemos inventado indicadores para el carisma y también contabilidad negativa. Tropezarse, intentar impresionar demasiado o hacer algo vergonzoso puede costarle “aura”. Ya no basta con pasar pena: ahora la humillación viene con conteo. La gracia está en que el aura debería parecer espontánea, pero ahora se ensaya, se graba, se edita, se sube y se somete al tribunal de TikTok. Básicamente, la humanidad convirtió la naturalidad en una producción audiovisual.

Ahora hay incluso “batallas de aura”, donde jóvenes se enfrentan con poses, miradas, gestos y una solemnidad que uno antes reservaba para pedir matrimonio o comparecer ante un juez. Y lo catalogamos de estupidez, hasta que recordamos que los adultos llevamos décadas haciendo lo mismo, solo que nosotros lo llamamos “marca personal”, “networking” o “presencia ejecutiva”. Los jóvenes no inventaron la vanidad, le pusieron marcador.

Ahí es cuando deja de ser gracioso. Vivimos en plataformas que convierten atención, aprobación y visibilidad en cifras, ahora también exigen “aura”. El mundo del algoritmo consiguió que hasta nuestra personalidad tenga puntuación y audiencia, hasta el punto en que cada gesto parece necesitar rendimiento, cada identidad una estrategia y cada ocurrencia una cámara.

Ese es, quizás, el chiste definitivo: construimos una cultura donde hasta parecer auténtico requiere planificación. La verdadera rebeldía sería hacer algo valioso sin grabarlo, sin subirlo y sin esperar aplausos. Pero eso, por supuesto, da poquísima “aura”.

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