Ese breve espacio...

Señor director. En el libro “El hombre en busca de sentido”, de Viktor Frankl, hay una sabia frase que dice así:

“Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestra facultad para elegir la respuesta. En esas elecciones residen nuestro crecimiento y nuestra felicidad”.

Esta máxima de Viktor Frankl, nos deja ver que cada uno es responsable de sus actos, y sin importar las provocaciones que recibamos, la forma en que reaccionamos ante ellas, es lo que va a determinar nuestra trayectoria de vida, o nuestro siguiente paso.

El hombre (entiéndase ser humano), es dueño y artífice de su existencia. Como bien lo dice un enunciado filosófico muy antiguo “Pienso, luego existo”, atribuido a René Descartes.

Hoy es sabido que cada pensamiento crea imágenes, y esas imágenes nos pincelan, son nuestros rasgos. Cada pensamiento deriva una acción, y esa acción, provoca al menos una reacción, que dice más del que reacciona, que del que la provoca. Por eso es esencial estar totalmente presente en cada momento y suceso de nuestra vida y aprovechar ese espacio del que habla Viktor, para además de elegir la respuesta con libertad, también elegirla sabiamente, en pos de la armonía y felicidad.

Muchas veces no sabemos con claridad la razón de un sufrimiento, el por qué lo revivimos y nos roba la paz una y otra vez sin poder olvidar el suceso, y mayormente este sufrimiento se debe a nuestra manera de reaccionar ante dicho suceso. Y como bien lo expresó Viktor, en estas elecciones o reacciones, reside nuestra felicidad.

Entre el cielo y la tierra existe un pequeño espacio pleno de luz, oscuridad, lluvia, sol, viento, calma... Un pequeño espacio que vemos inmenso desde nuestra pequeñez. Y así de inmenso percibimos otros pequeños espacios cuando tenemos rabia interior, cuando permitimos que el dolor, el odio y la autocompasión se aniden en nuestros corazones y entramos en conflicto, que no es otra cosa que la distancia que nos separa de un abrazo, la cual maximizamos a tal grado, que se nos hace imposible acortarla por más que extendamos los brazos, si seguimos manteniendo cerrado el corazón.

Cuando entramos en conflicto, estamos llenos de miedo y dolor, bloqueamos la llama del amor y por dentro nos quema un fuego abrasador, cuya llama nos susurra ¡ataca!, no te dejes vencer... Y el inocente y conciliador abrazo, si no lo damos, se vuelve asfixiante contra nosotros, como si nos quisiera estrangular, la rabia aumenta a tal punto que perdemos el control. Todo por resistirnos a un abrazo conciliador, y al entendimiento y empatía.

Apostemos a que podemos ver la vida con más alegría y amor, a que somos capaces de vencer cualquier provocación, a que sabremos reaccionar en ese breve espacio con serenidad, y a que no dejaremos pasar un día sin sonreírnos o regalar una sonrisa, aunque sea al viento, a la lluvia o al sol, ellos también las necesitan, y las harán llegar a esos oídos resentidos como hermosas melodías de amor.
Idalia Harolina Payano Tolentino
Colaboradora

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