Todos somos Joel y Elisa

La frase se hace tendencia siempre que ocurre una tragedia incapaz de ser digerida por la sociedad. Esta vez la expresión que uso no hace alusión a una frase con sentido solidario, social o de trending topic.
Lo ocurrido el pasado jueves en Villa Altagracia ha consternado sinceramente al país.

La desgracia cayó esa noche en manos de una joven pareja. Pero, son muchos los testimonios de otros caídos en diferentes circunstancias por manos de nuestras autoridades castrenses y civiles.

Lo que ocurrió con Joel y Elisa se trató, aparentemente, de un crimen involuntario, no por odio, ni por racismo sino por incapacidad emocional, brutalidad, ignorancia.

Por eso somos culpables, por lo que como sociedad hemos permitido que se construya en los últimos 50 años por no ir más atrás.

Somos culpables de la exagerada desigualdad social, la precaria educación académica, la falta de formación en el hogar y la terrible falta de oportunidades en niños y adolescentes.

Sin embargo, con insolencia nos atrevemos a juzgar a nuestros servidores públicos cuando un funcionario de media o alta categoría devengan un mejor salario y mejores condiciones laborales que un policía, un maestro, un médico o un bombero.

Hemos sido indolentes ante la realidad de ver un policía o un bombero realizar sus operaciones en vehículos chatarras mientras nuestros congresistas y funcionarios circulan en vehículos todo terreno, de alta gama, almuerzan en restaurantes de lujos y tienen facilidades que un bombero, policía, militar, maestro o médico no tienen.

Juzgar a un miembro de la policía cuando estos carecen de capacitación humana, altos salarios, equipamiento, insumos, tecnología, orden y un sinnúmero de etcéteras es una abominación.

República Dominicana siempre ha invertido con escasez y cobardía en asuntos que -aparentemente- no generan votos.
Por eso invertimos tan precariamente en educación, desarrollo, deporte, oportunidades, juventud, policías, ciencia e investigación.

Sin embargo, creo estamos despertando ante una sociedad cada vez con menos justicia social, seguridad, desarrollo y paz.
Hoy, la fatalidad de la familia Díaz Muñoz es de todos, somos Joel y Elisa.

Sabiendo que la debilidad institucional que adolecemos no le devolverá a sus familias una demanda económica sino disculpas y el lamento de un pueblo.

Somos culpables, por permitir, por no impedir, por callar cuando hemos debido defender, por aplaudir cuando hemos debido repudiar.

Estamos a tiempo de cambiar.
Isis Álvarez
Ciudadana

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