Cuando la Tristeza y el Dragón llegaron al conuco

Tenemos la costumbre de bautizar las desgracias con nombres que parecen salidos de novelas. Las enfermedades: la Tristeza de los cítricos y otra más amenazante: El Dragón Amarillo. Uno parece un poeta aquejado de melancolía y el otro un monstruo que se escapó de una leyenda china. Ambas han hecho llorar a productores de naranjas, limones, mandarinas y toronjas. Hubo un tiempo en que en cualquier patio había una mata de estos cítricos y el aroma de sus flores, anunciaba la primavera. Era el tiempo en que sus jugos, recién exprimidos, eran obligación. Entonces llegó la tristeza, enfermedad silenciosa que apaga los árboles, secándoles el entusiasmo, marchitándoles el ánimo y luego la esperanza. Se fue colando árbol por árbol, apagando el verdor de sus hojas, debilitando raíces hasta convertir la abundancia en nostalgia. Cuando ya los agricultores parecían recuperarse de esta “vaina”, aparece un visitante más peligroso. Venía de Asia, con nombre de emperador y fama de invencible: El dragón Amarillo, que no escupe fuego ni vuela, pero basta un diminuto insecto en el que cabe, para acabar con una población entera y mientras el campesino sueña con su próxima cosecha, va dejando su firma invisible en hojas amarillas y frutos deformes. La paciencia y esperanza, elementos vitales en el campo, que conocen quienes viven de la tierra, porque sembrar siempre ha sido un acto de fe. Son enfermedades que más que atacar una fruta también amenazan una costumbre: el limón del pescado frito y la limonada; la naranja agria del sancocho y el sazón; la mandarina que se pela en el recreo, la toronja del desayuno de los viejos, con su dulzor y amargura, Parecería que la naturaleza decidió recordarnos que no existen privilegios eternos. El campesino criollo “sabe” que los árboles hablan y estos nos gritan que se mueren.

La naturaleza siempre avisa y las enfermedades comienzan “chiquitas”. Quizás esta “desgracia” agrícola sea un aviso, una premonición. Sabemos que las naciones igual que el conuco, necesitan vigilancia “contante”, buenos cuidadores y decisiones oportunas. Un país no se arruina de golpe; se enferma hoja por hoja, rama por rama, institución por institución. Cuando la mata de limón o de naranja deja de florecer, pierde una familia. Cuando un país no corrige a tiempo sus propios males, perdemos todos. En las grandes ironías de la vida cuando el campesino, limpia, poda ramas, elimina maleza y abona, soporta sequías y huracanes y termina “emburujándose” con un enemigo que casi ni ve. Mientras en los laboratorios del mundo busca la forma de derrotar al dragón. Pero el monstruo sigue respirando y esa realidad me hace concluir que no son los árboles los únicos que enferman. Las sociedades padecen sus propias plagas: existe una Tristeza nacional que marchita instituciones igual que el virus del naranjal; es la tristeza de la indiferencia, de la burocracia interminable, de las promesas que florecen en campaña y se secan tan pronto pasan las elecciones, de políticos rapaces. Tenemos nuestros propios dragones amarillos: son esos problemas diminutos que nadie atiende y con el tiempo terminan devorándolo todo.

Una alcantarilla tapada, un puente sin mantenimiento, un expediente que lleva años en un escritorio, una ley que no se aplica. El agricultor sabe que el árbol enfermo no se oculta entre los sanos, pero hemos desarrollado una habilidad para convivir con nuestros males. Le cambiamos el nombre, hacemos un chiste, culpamos al anterior gobierno o esperamos que el próximo resuelva. Estas enfermedades deberían ser una gran lección.

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