Luis Córdova
Especial para elCaribe
La escena política actual ofrece un caso digno de análisis sobre la personalización del poder y la recuperación estratégica de la imagen de un liderazgo post-presidencial. Las recientes declaraciones de Danilo Medina, cargadas de contundencia y proyectadas con la resonancia de un líder en plena vigencia, no solo son un ejercicio de opinión; son un recurso táctico de reposicionamiento efectivo que lo coloca, una vez más, en el centro del debate nacional, y rivaliza directamente con la figura del presidente de la República.
Esta dinámica de confrontación focalizada funciona como un eficiente mecanismo de recuperación de imagen -una estrategia clásica para desviar la atención de vulnerabilidades internas-, pero lo que para el exmandatario se traduce en capital mediático y político, para su partido, el de la Liberación Dominicana (PLD), resulta ser un bumerán. Lo que para Danilo sí funciona, para el PLD no.
La paradoja central de este momento político reside en la marcada asimetría entre el visible fortalecimiento del líder individual y el deterioro estructural de la organización que él nominalmente dirige. Mientras Medina acapara los titulares, y emplea las asambleas regionales no para visibilizar a un nuevo liderazgo local, sino para declararse a sí mismo como el líder absoluto, el partido experimenta un nuevo y frecuente éxodo de dirigentes y militantes, que por lo constante ha dejado de ser noticia.
El PLD parece mirarse en el “espejo de Dédalo”, ese laberinto de espejos borgeano donde el yo lírico se encuentra atrapado, incapaz de distinguir su propia identidad de la imagen omnipresente del líder. Aun así la interrogante es incisiva: ¿Cómo es posible que se focalice una mayor atención a los pronunciamientos de un líder —en una suerte de apropiación del titular, cual si fuese el candidato, acaso replicando aquella figura del “maestro, líder y guía” que en su momento criticó—, mientras su partido experimenta una palpable desintegración?
El fenómeno se entiende al aplicar el concepto de la “Ley de Hierro de la Oligarquía” de Robert Michels. Esta teoría sostiene que, incluso en organizaciones democráticas, el poder tiende a concentrarse en manos de una élite reducida, o en este caso, en una única figura dominante. El hiperliderazgo de Danilo Medina, ha mutado en una oligarquía de facto donde el líder se convierte en el fin último, más que en el medio para el triunfo del partido. Danilo quiere tener la llave, quiere decidir, y su influencia ya no depende necesariamente de la salud del PLD, sino de su capacidad para ser quien otorgue el cetro, que administre con el silencio o la indiferencia, el guiño que levante o desmorone candidaturas.
El PLD logró un tránsito de liderazgo con menos traumas que los demás partidos tradicionales tras la muerte de su fundador. La suma de los equívocos con sus últimos dos candidatos presidenciales y un presente dominado por la primacía de Danilo Medina sobre el discurso programático o la cohesión apunta una descomposición silenciosa, mientras él se rehabilita en el espejo mediático y el PLD se pierde en un laberinto.
