La otra vida

Es cierto: podemos encender la televisión y ver la misma película una y otra vez, regresar al mismo restaurante y pedir el mismo plato, levantarnos cada mañana, anudar los cordones de los zapatos y salir al trabajo como quien repite una ceremonia pasada. Podemos equivocarnos de nuevo, comenzar otro negocio, fracasar otra vez, volver a intentarlo con la obstinación de los sembradores. Incluso podemos llegar a la jubilación y preguntarnos, con la tarde ya inclinada sobre los hombros, en qué invertiremos el tiempo que nos queda.

Pero hay algo que no admite ensayo ni repetición. Cuando la vida nos pone delante de una tumba, comprendemos que el reloj no era infinito. Todo lo demás parecía renovable: los días, los empleos, las rutinas, los errores. Solo entonces entendemos que la existencia no tenía repuesto, que este viaje no ofrecía boleto de regreso, que era una travesía única y silenciosa.

Vivimos como si hubiéramos de volver mañana a corregir lo no dicho, a abrazar después, a pedir perdón más tarde, a mirar el árbol cuando haya tiempo, a escuchar la voz de la madre en otra ocasión. Y sin embargo, la vida suele marcharse mientras aplazamos la vida.

El hombre moderno ha mirado la otra cara de la luna. Ha puesto máquinas en el espacio y ha medido distancias que asombran. Desde esa altura ha podido advertir lo diminutos que somos en la vasta noche del universo. Pero todavía no aprende el arte más difícil: ser feliz con lo sencillo, conformarse no con resignación, sino con gratitud; entender que una taza de café compartida, una conversación al caer la tarde, el viento entrando por la ventana, pueden justificar una jornada entera.

Hoy es viernes, querido lector, y también yo estoy lleno de rutas inesperadas. Caminos que llegaron sin buscarlos, como llegan casi todas las cosas decisivas. Y he aprendido que cada sendero trae su lección, aun los que duelen.

Hagamos entonces de este viaje una marcha más noble. Seamos menos duros, menos soberbios, menos distraídos. Que no tengamos que esperar el borde de la noche para descubrir la hermosura del día. Antes de que el sol decline bajo nuestros párpados y nos volvamos hierba, procuremos haber sido luz en la memoria de alguien.

Demuéstrame que estoy equivocado…

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