La sociedad se está pudriendo

Hay días en los que uno enciende el teléfono y siente que algo huele mal. No es el aparato. Es el aire. La sensación de que la sociedad se está pudriendo mientras nosotros actualizamos la pantalla como quien cambia de postura en el sofá para no pensar demasiado.

Hace poco, una artista urbana viajó a un evento fuera del país y apareció con un seno que parecía una gota de agua caída sobre el costado. No era un descuido. Era un mensaje, o eso dijeron. Siempre hay un mensaje. A lo mejor mañana decide que es therians, o nube, o concepto. Y no pasa nada. El problema no es su pecho ni su disfraz. El problema es que la conversación pública se reduce a eso: al centímetro de piel, al gesto excéntrico, al ruido.

Mientras tanto, lo importante se nos escurre como agua entre los dedos.

Las redes están construyendo una cultura que no es la nuestra. O quizá sí lo es y eso asusta más. Una cultura de exhibición permanente, de juicio instantáneo, de aplauso fácil y condena exprés. Todo dura lo que tarda en llegar el siguiente escándalo. Nos indignamos por turnos, como si hubiera un calendario secreto del enfado.

Puede que el lector discrepe. Puede que piense que cualquier tiempo pasado fue peor. Es posible. Pero yo recuerdo una sociedad que admiraba a los hombres y mujeres de ideas. Que discutía con pasión, sí, pero con argumentos. Una sociedad que rechazaba al corrupto sin matices, que no lo convertía en tertuliana estrella ni en mártir de su propia desvergüenza.

Hoy los políticos han pasado de ser servidores públicos a celebridades blindadas. Y cuidado con cuestionarlos. El que levanta la voz cae en el abismo digital, señalado, reducido a caricatura. No se debate, se lincha. No se persuade, se etiqueta.

Y sin embargo, no todo está perdido. Todavía quedan hombres y mujeres que se niegan a aceptar que esto es lo normal. Gente que resiste en conversaciones largas, en lecturas sin prisa, en gestos pequeños que no buscan trending topic. No hacen ruido. No salen en portadas. Pero sostienen algo que aún no termina de pudrirse: la idea de que una sociedad se construye con criterio, no con espectáculo.

Quizá la esperanza sea eso. Una resistencia discreta frente al aplauso vacío.

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