Miguel D. Mena y el Archivo Nacional

Conocí a Miguel D. Mena buscando a la poeta alemana Hilde Domin. No es la forma más directa de conocer a un escritor dominicano, pero así funcionan a veces las bibliotecas y la vida: uno entra por una puerta lateral y termina encontrándose con el dueño de la casa. Yo sabía que Mena existía como escritor, pero fue en los años noventa cuando decidí ponerle rostro a su nombre, que ya entonces circulaba con discreción, como circulan las cosas serias.

Hoy, sin embargo, no quiero hablar del escritor, sino del investigador. Del hombre que ha realizado, sin ruido y sin aspavientos, la mayor investigación y publicación sobre Pedro Henríquez Ureña. Y eso no es poca cosa en un país que suele tratar a sus grandes figuras como si fueran estatuas: se les rinde homenaje, pero no se les lee.

El tema me vino a la cabeza a principios de año, cuando vi varias publicaciones recientes de Miguel D. Mena. Libros bien hechos, bien pensados, fruto de años de archivo, de polvo, de paciencia. Y entonces me hice una pregunta que, como casi todas las preguntas incómodas, no tiene respuesta clara: ¿por qué no se reeditan las obras completas de Pedro Henríquez Ureña?

La pregunta se vuelve más molesta cuando uno sale del país. Fuera, los intelectuales son los primeros en preguntar. Quieren saber dónde conseguir la obra completa de Henríquez Ureña, cómo acceder a sus textos, a sus cartas, a su pensamiento ordenado y no fragmentado en ediciones parciales o inencontrables. Y uno, que debería responder con orgullo, termina encogiéndose de hombros.

No deja de ser curioso que las obras del escritor dominicano más importante, maestro de medio continente, no estén disponibles como deberían. Quizá sea desconocimiento. Quizá sea desinterés. O quizá tenga que ver con que el mejor trabajo sobre Pedro Henríquez Ureña no lo ha hecho nadie cercano al gobierno de turno, que suele ser un requisito tácito para ciertas empresas culturales.

Pero hay otras instituciones que podrían tomar la iniciativa. INDOTEC, el Ministerio de Educación, la Editora Nacional, el Archivo Nacional . No faltan nombres ni presupuestos. Falta decisión.

Ojalá, Miguel D. Mena, entienda que ese trabajo no es solo suyo. Que el país lo necesita. Lo necesitan las nuevas generaciones y lo necesitan los escritores que, todavía hoy, siguen buscando a Pedro Henríquez Ureña como quien busca una brújula.

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