Este fin de semana volví a hojear Literatura y revolución, de Trotski. Lo hice sin prisa, como quien vuelve a una conversación antigua. Y pensé algo que parece obvio pero que a menudo olvidamos: ninguna revolución, de cualquier naturaleza, se construye sin pensamiento.
Stalin era un hombre práctico, decidido, incluso temerario. Pero Trotski era otra cosa: pensamiento, idea, reflexión. Era quien intentaba darle forma intelectual a aquello que otros ejecutaban. Las revoluciones necesitan ambas cosas, claro. Pero sin pensamiento terminan convertidas en pura maquinaria.
Algo parecido ocurre hoy con la política dominicana.
En los últimos años nuestros políticos no han construido pensamiento. Han construido maquinaria electoral. Equipos para ganar elecciones, estrategias para sobrevivir en las encuestas, campañas diseñadas como productos de consumo rápido. Todo funciona mientras dura la campaña. Después, el vacío.
Cuando uno mira hacia atrás y observa a los líderes que vinieron después de Balaguer, Bosch y Peña Gómez, la diferencia se vuelve evidente. No se trata de idealizar el pasado ni de negar que gobiernos recientes hayan tenido aciertos. Los han tenido, por supuesto. Obras, programas, decisiones que han dejado huella.
Pero el pensamiento político es otra cosa. El pensamiento permanece cuando las obras se desgastan.
Bosch pensaba el Estado. Balaguer tenía una idea de poder y de nación, discutible si se quiere, pero idea al fin. Peña Gómez hablaba desde una visión de democracia y justicia social que organizaba su discurso político. Había un hilo conductor. Hoy cuesta encontrarlo.
Los nuevos presidenciables, de todos los partidos, parecen rodearse más de estrategas de marketing que de intelectuales. Más de expertos en redes sociales que de personas capaces de pensar el país a veinte años. La política se ha vuelto emocional, inmediata, casi publicitaria.
Pero los líderes que marcaron época nunca caminaron solos. Tenían alrededor escritores, economistas, profesores, pensadores. Gente que discutía, que incomodaba, que obligaba a ordenar las ideas. Quizá por eso todavía viven en la memoria emocional de la política dominicana.
A ustedes, los presidenciables de ahora, habría que pedirles algo sencillo: construyan pensamiento. Rodéense de personas que piensen el país más allá del próximo periodo presidencial. Más allá de la próxima encuesta.
Las campañas crean entusiasmo. El marketing produce emoción.
Pero las ideas, en cambio, construyen historia.
