Que gobierne una mujer

El periodismo fue, antes, un oficio de vigilia. No se escribía para agradar, sino para no traicionarse. La palabra era un acto de conciencia, una forma de resistencia contra la mentira. Hoy, en cambio, la pluma parece cansada. No porque hayan desaparecido los hombres y mujeres íntegros, sino porque se han vuelto raros, casi clandestinos. Existen, sí, pero caminan con cautela en un territorio donde el ruido lo ocupa todo.

Vivimos rodeados de voces que no dicen. La burla reemplazó al argumento y el grito al pensamiento. En las pantallas, los egos se exhiben como mercancía, y las denuncias ya no buscan justicia, sino dirección y precio. Se acusa para cobrar, se opina para ser visto. La palabra, que antes pesaba, ahora se consume rápido y se olvida con la misma velocidad.

Los intelectuales que una vez admiramos ya no están donde creíamos. Muchos se han convertido en burócratas del poder, administradores del silencio. No gritan, no protestan, no incomodan. Han aprendido a vivir de espaldas a la pregunta esencial. Son hombres rotos, no por la derrota, sino por la renuncia. La sociedad aún los llama, pero ellos ya no escuchan. El sonido del dinero es más constante que el de la conciencia.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿dónde nacerá la luz? ¿En qué rincón de este país, que flota en un silencio oscuro, aparecerá una voz que no se venda? El pasado no ofrece refugio. Estamos cansados de mesías reciclados, de salvadores que regresan y prometen resolver lo que antes no supieron o no quisieron enfrentar. No convencen. No responden. No bastan.

Tal vez el error esté en seguir mirando el mismo rostro. Quizás la respuesta no venga de los hombres que desean gobernar, sino de una mujer que gobierne. No como consigna ni como símbolo, sino como posibilidad real. A lo largo de la historia silenciosa, muchas mujeres han demostrado una voluntad firme, capaz de sostener sin aplastar, de resistir sin humillar.

Amar al país no es repetir nombres, es negarse a mentirle. La responsabilidad moral comienza ahí: en no traicionar la verdad, aunque duela e incomode, aunque deje solo. Escribir, hablar, gobernar con esa carga es difícil. Pero sin ella, todo se vuelve ruido. Y el ruido, al final, no salva a nadie.

Quizás, si cambiamos la mirada, una mujer pueda ser la respuesta más honesta a tantos fracasos. Demuéstrenme que estoy equivocado…

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