Todo partido que gobierna aprende que el ruido nunca descansa. Una parte llega desde la oposición, cuya tarea consiste en señalar errores. La otra nace dentro de la propia organización, donde siempre existen dirigentes convencidos de haber recibido menos de lo que merecen. Esa combinación acompaña a cualquier administración, pero adquiere mayor intensidad cuando un presidente entra en los últimos días de su mandato.
Las diferencias dejan de ser simples conversaciones cuando aparecen en el Senado, en la Cámara de Diputados, en los ministerios y en los debates sobre candidaturas. Desde ese momento, el asunto deja de pertenecer exclusivamente al partido y comienza a preocupar a quienes esperan estabilidad institucional. Ningún gobierno desea que sus disputas internas ocupen más espacio que sus realizaciones.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿quién cuidará al Partido Revolucionario Moderno? Gobernar demanda atención permanente, pero también resulta indispensable preservar la organización que sostiene ese esfuerzo. Cuando las aspiraciones individuales desplazan el interés colectivo, aparecen divisiones difíciles de corregir.
Pienso en Raquel Peña, en Eduardo Sanz Lovatón, Guido Gómez Mazara, José Ignacio Paliza, Víctor Ito Bisonó, Faride Raful, Wellington Arnaud y Carolina Mejía. Todos conocen las responsabilidades que acompañan al ejercicio del poder y comprenden que una organización política necesita disciplina, diálogo y capacidad para contener los impulsos personales antes de que produzcan consecuencias irreversibles.
Si el partido conserva el Gobierno, dispondrá de tiempo para consolidar su proyecto. Si lo pierde, Luis Abinader continuará siendo una figura relevante, aunque su influencia dependerá tanto del comportamiento del nuevo gobierno como de la conducta de sus compañeros.
Demuéstrame que estoy equivocado.
