Deja de Castigarte

Deja de castigarte (Imagen ilustrativa)
Deja de castigarte (Imagen ilustrativa)

En el proceso de la vida aprendemos muchas veces a la fuerza que no todo ocurre como lo planeamos. Solemos decir que lo que no sucede es “cosa del destino”, pero cuando ocurre aquello que no esperábamos, la reacción inmediata suele ser otra: nos castigamos.

Hace unos días conversaba con una persona a la que aprecio profundamente. En medio del diálogo, pude notar cómo se culpaba por la situación que atraviesa con su hijo. Está viviendo un duelo emocional silencioso: el despertar a una realidad que no eligió, la de criar a un niño con autismo. Y en ese proceso, como tantas madres, se cuestiona, y se castiga.

Porque cuando una mujer decide traer un hijo al mundo, lo hace con la ilusión de una vida plena, sin dificultades, sin diagnósticos inesperados. Nadie sueña con enfrentar lo desconocido, ni con descubrir realidades complejas a través de un titular o una experiencia repentina. Sin embargo, la vida no siempre responde a nuestros ideales.

Pero esta historia no es solo la de esa madre.

También es la de todos nosotros.

Nos castigamos cuando no alcanzamos las metas que nos propusimos en determinado tiempo. Nos castigamos cuando perdemos a un ser querido sin poder despedirnos como hubiésemos querido. Nos castigamos cuando damos todo por amor y no recibimos lo mismo. Cuando la relación que imaginamos perfecta se rompe. Cuando el hijo anhelado no llega. Cuando nos dejamos arrastrar por una sociedad que solo exhibe lo bonito, lo logrado, lo aparentemente “perfecto”.

Y en ese constante compararnos y exigirnos, olvidamos algo esencial: somos humanos, no perfectos.

Con el paso de los años he aprendido que castigarnos no cambia las circunstancias, solo profundiza las heridas. La vida tiene su propio ritmo, y hay procesos que no dependen de nuestra voluntad. Creer que todo debe suceder cuando queremos es cargar con un peso innecesario.

Hay algo más grande que nosotros marcando los tiempos.

Todo llega cuando debe llegar.

Incluso aquello que duele.

Incluso aquello que transforma.

Porque, aunque cueste entenderlo, cada experiencia tiene un propósito. Y muchas veces, es en medio del dolor donde se produce el cambio más profundo. Donde algo dentro de nosotros se detiene, reflexiona y decide tomar otro rumbo.

Es como si en algún momento, una voz interior o divina nos dijera: “ya basta”.

Y entonces, comenzamos a soltar.

A confiar.

A sanar.

Isaías 41:10 dice “Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa”.

Este versículo no elimina los problemas, pero sí cambia la perspectiva. Nos invita a dejar de luchar contra lo que no podemos controlar y a confiar en que no estamos solos.

Quizás la verdadera lección no está en evitar el dolor, sino en dejar de castigarnos por sentirlo.

Porque vivir no es cumplir un guion perfecto.

Es aprender a aceptar, a soltar  y a seguir adelante con fe.

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