La autoayuda es una industria global que genera miles de millones de dólares al año. Según datos de Grand View Research, en 2024 movió 48,400 millones de dólares en todo el mundo, y se proyecta que alcanzará más de US$67,000 millones para 2030. Con esas cifras, lógico es esperar que los que ofrecen –y venden- autoayuda sean muchos, y que la cantidad vaya en aumento.
Un ejemplo: el famoso libro Tus zonas erróneas, escrito por Wayne W. Dyer, fallecido en 2015, lleva vendidos más de 35 millones de ejemplares desde su publicación en 1976, El monje que vendió su Ferrari, de Robin Sharma, ha vendido cinco millones de copias; así que la aparición de gurús, expertos y sabios en autosuperación, autoperfeccionamiento, autocapacitación y otras “autoespecialidades” se explica por sí sola.
Uno de los problemas de la autoayuda es que los “expertos” autores tratan temas de salud mental, pero ninguno –o casi ninguno- de ellos, es siquiatra ni sicólogo, algunos plantean fórmulas para superar enfermedades como la depresión, estados de angustia, ansiedad y ataques de pánico, que requieren tratamiento clínico, medicación recetada por facultativos y terapias impartidas por profesionales.
En la práctica, las fórmulas de estos gurúes tienen el mismo efecto que la homeopatía o las flores de Bach, ninguno, pero lo grave es que alejan a la gente de los verdaderos tratamientos.
Otro tema con la autoayuda es que aborda las patologías de una manera demasiado general, que reduce cuestiones como la baja autoestima a un problema de autopercepción, o confunde términos como estado depresivo con tristezas pasajeras que pueden solucionarse con simples cambios de actitud.
Pero el mayor problema de la autoayuda es que propone “tratamientos” que recargan el esfuerzo de la sanación en el doliente, como si tratara de un chip que con solo cambiarlo por uno de otra marca la solución aparecerá de manera casi mágica.
Y si después de haber seguido todas las instrucciones del gurú la persona todavía continúa sufriendo es porque no las ha seguido correctamente, o no ha puesto suficiente fuerza de voluntad o cualquier otra excusa, de manera que, si usted no se cura o si sigue padeciendo de su condición, la culpa es suya… ¿Y el gurú que le vendió su librito? Bien, gracias.
