Posiblemente la mejor definición del tiempo que conozco es la del poeta argentino José Hernández en su poema gauchesco Martín Fierro: “El tiempo solo es tardanza/ de lo que está por venir”, y aunque para la relatividad de Einstein es una dimensión que incluye el espacio, que se deforma por influencia de la materia, para nosotros los mortales es solo una sucesión
Ese transcurso que envejece a los seres y las cosas, se compone de ciclos como las estaciones climáticas y encierra la historia humana con su cronología de guerras desde que los hombres y los pueblos aprendieron a matarse los unos a los otros.
En la escuela lo encerramos en relojes que marcan las horas y los días y los profesores de literatura lo confinan a los verbos que se conjugan en modo indicativo, condicional, subjuntivo e imperativo, y en presente, pretérito y futuro, para que los pobres estudiantes se rompan la cabeza al tratar de recordar todos esos “accidentes”.
Según algunos filósofos solo existe el presente, porque el pasado ya fue y el futuro todavía no ha llegado, y la imposibilidad de retroceder hacia ayeres más felices, de regresar a lo que alguna vez nos hizo vivir en plenitud, es lo que da lugar a la nostalgia…
Los que hemos tenido la suerte de que pasaran por nuestra infancia maestras enamoradas de los buenos libros, aprendimos que el pasado de los pueblos es una fuente de conocimiento, que conservar las tradiciones de nuestros ancestros equivale a cuidar la propia identidad, y que honrar a los héroes es asumir como propia la nacionalidad que nos legaron.
También aprendimos que el pasado se puede conservar en poemas, en relatos y en historias reales o inventadas, y que envejecer es inevitable, pero podemos anticipar el futuro y prepararnos para su llegada.
El ayer, que casi siempre se compone de aprendizajes y de equivocaciones a las que llamamos experiencia, el ahora, que cuando somos jóvenes parece una eternidad que se niega a transcurrir, y el mañana, que en la madurez nos asusta cada vez más por la cercanía de la muerte, forman parte de ese ciclo que es la existencia humana, que en la adolescencia matamos de a poco con la prisa por ser adultos y el desmedido afán por parecerlo.
