La creencia en fantasmas, espíritus y presencias paranormales de todo tipo, se origina en la conciencia mítica primitiva con la que los primeros seres humanos interpretaban el mundo, de manera que todo cuanto no se podía explicar se convertía en mito y posteriormente en religión, de ahí que el sol era una de las ruedas del carro de Apolo y la luna uno de los ojos de Horus, por ejemplo.
Todas las investigaciones científicas hechas hasta hoy para demostrar que los fantasmas existen han concluido en que no hay nada demostrable, ningún indicio, nada, en definitiva.
Las redes sociales han encontrado en esta cuestión un filón para explorar y para explotar, de manera que todos los videos sobre seres naturales, desde fantasmas hasta supuestas sirenas, son inventos y falsificaciones, a veces hechas con efectos especiales muy burdos.
Sin embargo, es la conciencia mítica que pervive en el ser humano actual, la misma que lleva a los adolescentes a creer en supersticiones románticas, lo que el propio Borges en su poema El amenazado llama: “…el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles”, la que del mismo modo hace que muchas veces el dolor ante la pérdida de un ser querido sea capaz de generar alucinaciones que llevan a los dolientes a escuchar o a ver a la persona fallecida en “visiones” fugaces.
La sicología y la siquiatría moderna han establecido que la creencia en una categoría de fenómenos irreales, si es lo suficiente firme y apoyada por un entorno que la comparte, hará que esos fenómenos irreales sean reales en sus consecuencias, lo que explicaría no solamente la creencia religiosa, sino también creer en otras categorías de mitos, en la que entrarían los fantasmas, los ovnis y la posibilidad de comunicarse con el más allá, donde supuestamente habitan las almas de los que han muerto.
El Caribe, y República Dominicana como parte de él, tienen una riquísima mitología que, unida a las creencias animistas de origen africano ha dado lugar al vudú, los luases, el bacá y otros fenómenos que la antropología actual continúa estudiando como fenómeno folklórico y cultural.
La industria del misterio, que genera miles de millones de dólares con el comercio de bulos como la astrología, el tarot, la cartomancia y la ufología se llena los bolsillos gracias a estas creencias.
Los escépticos, notable minoría, nos limitamos a decir: “Yo no creo en fantasmas ni en brujas ni en platos voladores, pero que los hay… los hay”.
