La Luna

Según los astrónomos la Luna se formó tras un choque de un protoplaneta del tamaño de Marte con la joven Tierra, que esparció millones de trozos que la gravedad unió para formar este satélite.

Tan unida está a la Tierra que influye en las mareas, en el clima, en los primeros calendarios de los clanes primitivos que relacionaban los ciclos lunares con las cosechas, con la navegación, con las lluvias y hasta con los periodos femeninos.

Para los egipcios era el ojo izquierdo del dios Horus, en Grecia se llamaba Selenne, una titánide que recorría el cielo nocturno en un carro de plata.

En la literatura aparece como cómplice de los poetas enamorados, quizás porque la noche funciona como territorio que libera los sentimientos y las fantasías: “La luna vino a la fragua/ con su polisón de nardos…” escribió García Lorca en Romance de la luna luna, “Góndola de alabastro bogando en el azul” dice Rubén Darío en Claro de luna, un título que se repite en composiciones de grandes músicos como Beethoven, Debussy y Massenet.

En un fragmento de su oda al duque de Osuna, Quevedo escribe: “Su tumba son de Flandes las campañas/ y su epitafio la sangrienta luna”, en referencia al guerrero cristiano que combatió contra los musulmanes, cuyo símbolo es la media luna.

En mi infancia, en la luna llena estaban pintadas las siluetas de San José, la Virgen María y el burrito que transportaba al niño Jesús, según contaban las abuelas campesinas, pero había también, acaso como parte del misterio que envuelve su origen y su relación con la oscuridad, otras leyendas terroríficas, como la del lupus homo (hombre lobo) que en cada plenilunio procedía a “emperrarse”, es decir se convertía en “lobizón” y salía por los caminos a matar gente.

Desde el siglo pasado forma parte de la carrera espacial y se la disputan las grandes potencias a partir del programa Apolo, una competencia que está lejos de detenerse.

Quien esto escribe prefiere esa imagen de la luna enamorada del poema 18 de Neruda que fosforece “sobre las aguas errantes”, la “ilustre anciana de las mitologías” de Leopoldo Lugones, o la de Borges: “Alto en la cumbre/ todo el jardín es luna,/ luna de oro,/ más precioso es el roce/ de tu boca en la sombra”.

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