Plegaria del corrector

Los que trabajamos en la edición y corrección periodística, somos como la Cenicienta, porque nos toca barrer errores ortográficos, limpiar gerundios, quitar archisílabos como analítica en lugar de análisis, utilización en lugar de uso, posicionamiento en lugar de posición o colocación, entre otras zarandajas.

Muchas veces nos topamos con verdaderos “genios” que consideran sus erratas como parte de su estilo, y protestan por cada corrección ante los directores, con una soberbia que a veces asombra y otras produce risa: “… se corrigió mi texto sin mi autorización”… cosas veredes, Sancho…

Entre los grandes “enemigos” de los periodistas y de los escritores figuran la pobreza de vocabulario, que provoca repeticiones entre títulos, bajantes y cuerpo de la noticia, desconocimiento de las clasificaciones de los verbos, que se nota frases como: “Destaca la actuación del pelotero…” o “El equipo entrena en…”, verbos pronominales que tienen que llevar la partícula se para estar correctamente escritos. No son los únicos “enemigos”, hay más.

Una reconocida reportera, ganadora de varios premios, ante un señalamiento de que su uso de los verbos revelaba errores que debieron corregirse en cuarto de primaria, me respondió una vez muy suelta de cuerpo: ¿Y qué quieres que haga si la maestra que me tocó no sabía? Le contesté que la mía tampoco, pero yo investigué y por eso sí sabía y la estaba corrigiendo.

Los correctores, como toda Cenicienta, no ganan premios ni reconocimientos, tienen que discutir con redactores y jefes, que a veces imponen con su autoridad los gazapos y salen títulos como: “Preparando los festejos”, “Cambiar la estructura de producción”, que parecen escritos por los indios de las películas.
El periódico donde comencé en los años 90 tenía la política de suspender por un día, sin goce de sueldo, a los correctores responsables de errores, por eso don Aledo Luis Meloni, poeta de la sencillez, escribió esta Plegaria del corrector: Señor, mi oficio no es bueno/ pues busco obstinado y frío/ la paja en el ojo ajeno/ y no la viga en el mío./ Señor mi oficio no es justo/ y su injusticia sorprende;/ si no perdono me pagan/ y si perdono me suspenden./ Y aunque no es bueno ni es justo/ el oficio que me has dado,/ Señor, lo ejerzo con gusto/ y en el gusto está el pecado.

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