En estos tiempos en que el plástico y el polietileno han invadido por completo nuestra cotidianidad, el arte de armar chichiguas con papel prácticamente ha desaparecido, como la mayoría de los juegos al aire libre, desde las rondas infantiles hasta “el topao” y “la vitilla”, el trompo y las canicas, que solo figuran en la nostalgia de los que peinamos canas.
Una chichigua, ya lo dijimos alguna vez en esta misma columna, es lo que en España se llama cometa, en México papalote, barrilete en la Argentina, pandorga en algunos lugares de España. Las técnicas de armado se aprendían de los hermanos mayores, un saber que se transmitía de generación en generación, según la cantidad de pendones o palillos que se usaban, que podían ser de tacuara (trocitos de bambú) se conseguían figuras rectangulares, hexagonales y hasta octogonales sobre las que se pegaba el papel.
De ahí salió este viejo poemita que me permito compartir con ustedes.
Instrucciones para armar un barrilete
Primero es necesario
despertar a la vida,
Es decir, despojarse
de las preocupaciones,
olvidar la cara del jefe,
no pensar en el trabajo atrasado
ni en los vencimientos…
Después se puede enniñecer
de a poco,
hace falta un cuchillo filoso
que le robe al sol un poquito
de luz en cada astilla de tacuara.
No olvidar el hilo
enmadejado alrededor de
de un palito como
si uno estuviera de nuevo
girando entre las manos
la rueca de la infancia
-el hilo gira entre tardes amarillas-
recupera de a poco
un murmullo de viento
entre flecos de papel
que enciende latidos
en la sangre.
El papel debe ser
exactamente del color
de los sueños, parecerse a
los lápices que llenaban cuadernos
con casas inclinadas
de techos colorados
y ventanas azules.
No descuidar el engrudo
amasado con agua,
batido suavemente,
sentirse un poco dios
un poco mago amasando
la magia de los pájaros,
Y es de pájaro el temblor
de las manos acariciando el viento.
Hay que mirar después
el cielo conquistado
con el frágil navío
anclado en el recuerdo,
en la risa, en la vida,
Y uno sentirá de nuevo
esa vieja emoción de estar
haciéndole cosquillas a las nubes
mientras el corazón marchito
despereza su angustia
y recupera su brillo
de frescura y rocío.
Santiago Almada ©
