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Durante el fin de semana hubo un gran destape del laborantismo político, lo que condujo a que algunas entidades denunciaran una campaña electoral a destiempo.

Cierto. Los principales partidos se adelantan al calendario y en apariencia relegan tareas importantes del proceso, entre ellas las concernientes a la modificación de las leyes de partidos y electoral.
Pero coloquemos al margen por un rato el tema de la campaña a destiempo, para reparar en que todas las actividades de marras se realizan a casa llena.

A casi dos años para las elecciones nacionales la gente no es indiferente y atiende a las convocatorias, pero lo hace con marcada inclinación por los partidos o candidatos que estima con mayores posibilidades.

Eso se podría interpretar de diferentes maneras y habrá quien diga que no es una movilización voluntaria.
Pero no caben dudas de que una de las razones históricas de ese involucramiento se debe a que las expectativas personales de la mayoría de la población están muy sujetas a los vaivenes de la política.

Una apreciable proporción de los dominicanos se toma muy a pecho la política, diferente a democracias estables y desarrolladas donde la mayoría de los votantes son relativamente indiferentes, y de ahí la elevada abstención.

Además, pese a lo subjetivo que resulta afirmarlo, son muchos en el país que por sus condiciones materiales de existencia, y para ello nos permitiremos citar a Galeano, viven cada noche como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

Pero en cuanto a la campaña a destiempo, vemos bien intencionados los llamados de atención, aunque talvez la Junta Central Electoral necesite una manita y que la ayuden a cumplir su tarea cuando lo intenta.

Adelantar la campaña electoral, de la forma que sea y así se disfracen las actividades como meramente partidarias, es contrariar a la ley, aunque se diga que no y se invoquen derechos fundamentales.

Las advertencias que por tiempos hace la JCE son válidas; solo hay que evitar los excesos, porque generalmente se trata de actos bajo techo, de contactos personales y un sutil proselitismo enmascarado en una supuesta dinamización de los procesos internos.

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