“Hasta que todo el mundo esté a salvo” es el lema de este año del Día Mundial de los Refugiados, instituido el 20 de junio para visibilizar el drama de personas refugiadas, desplazadas en su propio país o apátridas.
Como en cada conmemoración anterior, 2026 pone a prueba la gran promesa de seguridad para todas las personas que en el mundo está en esta condición.
El lema insta a mantener viva esa promesa, reclama a los gobiernos defender sistemas de asilo justos y accesibles; a los donantes que mantengan el apoyo vital; a las comunidades acoger a quienes se ven obligados a huir; y a cada uno de nosotros, defender el principio de que la seguridad nunca debe depender de la nacionalidad, riqueza, etnia o religión, género, opinión política o situación migratoria.
Habrá protección solo cuando los desplazados puedan vivir sin miedo, reconstruir sus vidas, contribuir a comunidades que los acogen y, cuando haya condiciones, regresar a casa de forma voluntaria, segura y digna.
El Día Mundial de los Refugiados está centrado en la solidaridad con las personas que han tenido que abandonar sus hogares para huir de conflictos armados o de la violencia, a veces por desastres naturales, pero siempre para escapar de la muerte o del hambre, la miseria y la desocupación.
A 75 años de haberse adoptado la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, la promesa de seguridad se mantiene como un compromiso ineludible de la comunidad internacional: que las personas forzadas a huir no sean devueltas a una situación de riesgo y puedan vivir dignamente mientras están desplazadas.
Esta convención, nacida entre las ruinas de la guerra, nunca se concibió para una sola región, una sola generación o un solo pueblo, sino para la humanidad toda.
Y hoy cuando hay más de 117 millones de desplazados por la fuerza en todo el mundo, según el Informe Semestral de Tendencias de ACNUR, es más que necesaria, porque hay miles de familias desarraigadas por la guerra, la violencia y las crisis prolongadas.
Proteger a las personas refugiadas no es compasión, sino un imperativo para la estabilidad y la paz.
