El trabajo infantil

    En el año 2002 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estableció el 12 de junio de cada año como el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, y en 2019 la Asamblea General de la ONU declaró que el 2021 es el Año Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil.
    La explotación laboral de los niños es un hecho que inquieta y avergüenza a toda persona que tenga un mínimo de conciencia sobre las necesidades vitales de los infantes, como son protección, alimentación, educación escolar, bienestar, atención médica y derecho a un trato adecuado.

    Casi la mitad de los 152 millones de víctimas de trabajo infantil tiene entre cinco y 11 años, otros 42 millones de niños tienen entre 12 y 14 años y 73 millones están sometidos a un trabajo peligroso para sus vidas.

    La concentración de la riqueza y la desigualdad que padecen la mayoría de los países del tercer mundo han hecho que la atención a la infancia se convierta en un problema secundario, y así se multiplican como limpiavidrios o como pedigüeños, generalmente empleados por bandas organizadas que a nadie le interesa demasiado desarticular, porque generan ganancias que se reparten.

    Existe otro preconcepto arraigado en los campos; de que los niños tienen que trabajar desde temprana edad para “aprender”, una excusa para explotarlos en la cosecha, como buzos en los vertederos y hasta como mineros en lugares donde, por su tamaño, llegan más fácilmente a los socavones.

    La explotación sexual de niños y adolescentes es otro flagelo que muchos países dicen combatir pero está presente en todas las sociedades, desde el turismo sexual hasta por bandas de proxenetas que comercializan pornografía infantil o los prostituyen.

    No es un simple problema de estadísticas ni de objetivos de desarrollo, es una situación que reclama soluciones de urgencia y acciones concretas en todos los órdenes.

    Mientras la pobreza se multiplique, ahora acentuada por la pandemia, esta realidad que condiciona nuestro futuro nos observa con rostro de niño, con ojos de dolor, es el futuro de la humanidad el que nos interroga para exigirnos que hagamos algo más que declaraciones y busquemos, entre todos, un rescate para la esperanza.

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