La pobreza es un fenómeno tan viejo como el hombre mismo, que se acentúa desde las últimas décadas debido a la concentración del poder adquisitivo en muy pocas manos, con la consiguiente depredación de los recursos de los países más desfavorecidos.
Fue un 17 de octubre de 1987 cuando una multitud que superaba las cien mil personas se congregó en la plaza del Trocadero, en París, para rendir tributo a las víctimas de la pobreza extrema, de la violencia y del hambre, y proclamar que no es una condición aceptable, sino una violación a los derechos humanos.
La Asamblea General de la ONU, en su resolución 47/196, sugirió a todos los Estados miembros a realizar, según el contexto en que proceda, actividades concretas destinadas a combatir la pobreza y la indigencia.
Hay una pobreza estructural, que impide a las masas de menor poder adquisitivo acceder a educación de calidad y servicios elementales como energía eléctrica, agua de red, calles en condiciones y seguridad en general.
Hay una pobreza cultural, que se origina en la falta de escuelas y de bibliotecas en muchos barrios y sectores rurales, donde las mismas carencias obligan a los menores a trabajar para comer en lugar de estudiar, donde no tienen acceso a lecturas ni a teatro ni a música que puedan apreciar sino a unas pocas expresiones urbanas llenas de vulgaridad.
Hay una pobreza espiritual que surge del sálvese quien pueda y que impide que los pobres puedan trabajar en comunidad para solucionar sus problemas más urgentes, fomentada por el clientelismo y la política de las funditas.
De ahí que en las ciudades es común que en determinados sectores acomodados aparezcan los llamados bolsones de pobreza, gente hacinada en condiciones precarias, que vive de las sobras de los que tienen más.
Combatir la pobreza no es expulsar a los pobres de la sociedad, sino integrarlos mediante actividades comunitarias, organizar campañas de solidaridad y talleres educativos para los que quieran aprender a leer y escribir y también un oficio, y exigir a las autoridades legislaciones que creen más empleos en lugar de promover la cultura del “dao”.
