La tierra dominicana

    La pandemia, con todo y los sufrimientos que genera en la República Dominicana y en todo el mundo, nos permite valorar la fuerza de nuestra tierra y de las manos que la cultivan.
    Se habla de que tenemos la capacidad, y parece que sí, de generar el 80% de los productos que consumimos, digamos de la dieta básica, cereales y bastimentos en general, y también con un potencial mayor para colocar excedencia y excelencia en el mercado internacional.

    De hecho, producimos un alto componente de la dieta haitiana, obviamente, no la de aquellos con quienes compartimos de este lado, sino los del Oeste y lo mismo pasa con la población flotante de extranjeros que se aloja en nuestros hoteles, ahora lastimosamente vacíos.

    Es lo que especialistas y funcionarios del sector agropecuario denominan como la “autosuficiencia alimentaria”. Son dos palabras que resultan insuficientes para expresar el valor de eso que bien definíamos como una capacidad dada por las condiciones naturales de este pedazo de isla y especialmente por la fuerza humana que hace parir la tierra y la determinación de decenas de personas, personas simples, familias, campesinas y urbanas, empresas agrícolas pequeñas y medianas y grandes empresas organizadas, etcétera.

    En fin, un conjunto de individuos y sociedades que a veces por vocación, otras veces por amor, por apego, y muchos, porque ven en el campo una oportunidad para empujar a la gente, y también otros para producir riquezas. Todo eso es muy loable y habla muy bien de lo que somos.

    Siendo así, hay que decir que eso que denominados nuestra “autosuficiencia agropecuaria”, en el porcentaje que sea, es más que eso, tiene un profundo significado y un valor que no siempre estimamos en su dimensión verdadera.

    Nada más hay que ver lo que pasa en estos días. Acudir a cualquier mercado, ver cómo la gente que vive en ciudades, llámese ciudadanos simples, mercaderes, vendedores, se desplazan angustiosamente a buscar los alimentos que vienen del campo a suplir las necesidades humanas más acuciantes: empieza en la alimentación.

    Entran en este imaginario los otros sectores, sean agroindustriales en todas sus expresiones, o empresas de servicio que con sus esfuerzos hacen que haya víveres, frutas, viandas, leche, carne, quesos y todo lo que nace en la tierra dominicana.

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