Primera dama comunica mejor

    Los hechos concretos no hay manera de sustituirlos o enmascararlos con otros.
    En estos tiempos, al amparo de las nuevas tecnologías de la comunicación y del imperio de las redes sociales, es posible construir escenarios ficticios y sembrar percepciones.

    Pero quienes en la vida diaria alteren el orden de los hechos, llevarán las de perder porque la verdad siempre habrá de coincidir con la realidad.

    Esta disquisición es porque en la estrategia comunicacional del Gobierno hay mucho de propaganda y de efectismo, y se incurre frecuentemente en la mala práctica de absolutizar verdades parciales o presentar la realidad sesgada.

    Es como decir que los estrategas del Gobierno juegan a las escondidas con la verdad y con la realidad.

    Solo mencionaremos tres ejemplos: 1. El extravío del director de la Digesett; 2. EDENORTE en abril pasado: “Los apagones son cosa del pasado”: 3. SeNaSa: “La salud ya es para todos”.

    Se engañan ellos mismos. En palabras de monseñor Francisco José Arnaiz: “La verdad es insobornable y exigente” y es de Cervantes aquello de: “La verdad bien puede enfermar, pero no morir del todo”.

    Por eso es que creemos que mejores dividendos se le sacan al mensaje comunicacional con el enfoque con que aborda los temas la primera dama, a partir del reconocimiento de la realidad de los hechos.

    Aceptar los apagones, reconocer la delincuencia, las alzas de precios y los problemas con el suministro de agua y decir que los tapones no son un espejismo, posibilita construir un discurso que sintonice con las expectativas de la población.

    Incluso, para la solidaridad sin tapujos con la familia de Leslie, como lo hizo ella, y para la condena total a ese acto de barbarie, no había que dar muchas vueltas.

    Tampoco para poner distancia con la insolencia y con comportamientos ofensivos, ya sea en el país o en Nueva York.
    En materia de comunicación le convendría al Gobierno, más que construir castillos en el aire, establecer una clara diferencia entre los hechos y las interpretaciones, como también aferrarse al bien y a la verdad, aunque se contraríen las voces de la muchedumbre.

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