Con una votación de 25 contra 2 el Senado envió una clara señal de su pretensión con el proyecto de reforma policial: aprobarlo al vapor en lugar de actuar con mesura y calma.
Quizá para justificarse a sí mismos y pasar “la papa caliente” a los diputados, bajo sombras nocturnas aprobaron, leídos con premura, los 315 artículos del proyecto y sin socializar siquiera el informe de una comisión.
Un proceder cuestionable, o una “vergüenza”, similar a la que denuncia el ministro de Trabajo por el atolladero con el Código Laboral, que tampoco dista mucho del complicado estatus del Código Penal.
Tres legislaciones claves manejadas sin pericia por un Congreso de amplia mayoría oficialista. Convendría empezar a llamar a las cosas por su nombre, pues esas verdaderas chapuzas recaen enteramente, por su aplastante mayoría, sobre el PRM, sin importar que legisladores de otras bancadas hagan causa común.
La prisa con la reforma policial y el empantanamiento de los códigos Penal y Laboral, nos lleva a advertir a los señores congresistas que el país no tiene tanta urgencia como ellos.
Esas reformas a la carrera serán la gran prioridad de algunos, pero no necesariamente de la mayoría de una población que ha esperado por esas legislaciones durante años.
En su precipitación, al menos con la reforma policial que es el proyecto más “crudo” de los mencionados, los legisladores no contemplan permitirle a la sociedad que conozca ni opine de su contenido.
Es como si se quisiera reeditar adrede la habitual ausencia de transparencia, de democracia y de institucionalidad.
Nadie en su sano juicio puede estar en contra de ninguna de estas reformas que, si bien son necesarias, resultarían extemporáneas si a la postre se “sancochan” y terminan en un “arroz con mango”, pasibles de ser atacadas legalmente y que generan insatisfacción en la opinión pública.
Es una prisa dañina no solo porque suele ser mala consejera, sino también porque puede traer resultados imprevisibles.
