Las fechas importantes no siempre llegan por la puerta solemne del calendario oficial. Llegan como el humo del café de la mañana, junto con la brisa del patio, al compás del balancín de una mecedora que cruje, con el canto del gallo y la inevitable conversación de la galería. Ayer celebramos en el país el Día Internacional de la Mujer, que reconoce el inconmensurable valor del 51 % de los dominicanos: la mujer criolla, a ritmo de merengue, bachata, denbow y todo lo que tenga el ritmo por el que esqueleto nacional se mueve de manera espontanea. La otra casi mitad, nacida de mujer atravesando el canal uterino o por la abertura cesárea: el macho criollo. Esta fecha no nació con flores ni discursos. A finales del siglo XIX y principios del XX en ciudades industriales de Europa y Norteamérica, las mujeres protestaron por jornadas inhumanas y salarios miserables. En la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, la alemana Clara Zerkin, propuso un día dedicado a la lucha de las mujeres. La fecha quedó grabada con las manifestaciones femeninas previas a la Revolución Rusa de 1917. Heroínas destacadas tenemos desde los Taínos, Arawakos y otros primeros pobladores, con Anacaona cómo “cacica”, símbolo de dignidad y resistencia. Mencía, como esposa de Enriquillo, primer sublevado de América y otras que nuestra incompleta historia no recoge al mutilar por ambición y desconocimiento, las tradiciones autóctonas. En las luchas independentistas, María Trinidad Sánchez (que prefirió morir antes que traicionar a los conspirados, tía del Padre de la Patria, fusilada por Santana) Rosa Duarte, hermana del Padre de la Patria (que conservó los papeles que recogieron los Principios y las declaraciones del creador de La Trinitaria) María de Jesús Pérez, (Ma Chepita), madre de Juan Isidro Pérez, que prestó su casa, con gran riesgo, para fundar la Trinitaria, el 16 de Julio de 1838. Concepción Bona, confeccionó la primera bandera dominicana.
Juana Saltitopa (Juana de la Merced Trinidad), Heroína de la restauración. Salomé Ureña, sembradora de conciencia nacional; Ercilia Pepín, maestra patriótica y defensora de la dignidad nacional. Trina de Moya, del Himno a las Madres, La voz pionera de Abigail Mejía, del movimiento feminista y luchadora de los derechos civiles de la mujer. El sacrificio de las mártires de Ojo de Agua, las Hermanas Mirabal cuyo asesinato marcó el final de la dictadura de Trujillo. Pero la historia dominicana no está hecha solo con heroínas con bustos de bronce. La vida cotidiana es el buril con que se trabajan las estatuas de las heroínas del día a día: la mujer que se levanta antes del amanecer para acometer el día; la que organiza la casa con disciplina de dirigente marcial: la que vende en el mercado con cálculo perfecto; la que enseña a leer en una escuela rural; la que es cabeza de la empresa o de la oficina gubernamental; la médico que amanece cuidando la salud ajena y la enfermera que vela por el cuidado del enfermo; la estudiante que en su mochila pequeña lleva un universo de esperanzas y la que estudia de noche multiplicando esfuerzos; la que en el campo hace milagros para impulsar la familia y es capaz de multiplicar adonde vive la escasez y sobre todo, la abuela dominicana, institución nacional, que desde la mecedora gobierna la familia con su mezcla de sabiduría, ternura y refranes. El 8 de marzo reconocemos una fuerza vital que sostiene el país. Detrás de cada escuela abierta, detrás de cada familia levantada, detrás de cada empresa creada, de cada sueño que avanza, hay siempre una mujer empujando…
