Durante los últimos 80 años, el colmado ha vivido una evolución silenciosa, como la del patio que se llena de matas sin que uno note cuándo crecieron. Desde la evolución de “bodegas”, “pulperías” y “ventorrillos”, es mucho lo recorrido, aunque su rol medular persiste. No ha sido solo un cambio de estanterías o de productos, sino una transformación cultural. El colmado sigue resistiendo como una esquina con memoria, como la última asamblea o parlamento, donde aún se debate la vida del barrio y más allá. En los años de mi infancia, el colmadero capitalino casi siempre era un laborioso banilejo, con chancletas de palo, evolucionadas hacia una samurai, quien conocía a todo el mundo hasta por el apodo.
Por lo general era enamorado y lanzaba indirectas a toda “doméstica” que iba al lugar, y “tenaseaba” al entregar la mercancía, envuelta con en papel de “trasa” o en la clásica funda de papel. Era época de “cheles”. 2 de salse’tomate, 3 de petisalé, 5 de “aceite de cociná” (había que escoger entre Manicero Fundador o Excélsior) y una caje’fóforo, 2 chele de jabón de cuaba, y “dice mi mamá que se lo apunte que te lo paga el vielne”, lo que hacía en un “cuadelno” gastado por el tiempo y el sudor. Eso en un ambiente comercial entre arroz, gá (kerosen) salchichón (no se conocía el salami) que se cortaba con paciencia, tino y conversación y el queso Patrón de oro, que permanecía grasoso sobre el mostrador, tapado con un “matamoca” metálico, sitio adonde se llamaba la atención golpeando el cristal con una moneda, con necedad infantil. A menudo el borrachín de barrio que ordenaba un trago de 5, de 42 G, Carta Real, Siboney o Care’gato o un Cartareal, que apuraba de “un petacaso” con extraña “musaraña” y un sacudión de cabeza. Era una escuela de ciudadanía informal: allí se aprendía a pedir, a respetar turnos (con malapalabreados boches), a saldar deudas y a escuchar. Era economía de subsistencia y una extensión de la casa. El país cambió y el colmado cambió con él. Ya no se compra papel de vejiga para hacer chichiguas, ni Chocó-Choco, y la “mala rabia” servido con una cuchara de madera volcado sobre un pedazo de papel y el aceite dejó de detallarse de un artefacto que lo dosificaba a golpe de una manigueta o en un recipiente de doble boca y dos medidas: 3 y 5 cheles. No se expende ya leche condensada en laticas ni se detallan “lo pincho de bolita”, ni cuadritos de “azul” para lavar. Entró la radio, encendida desde temprano, anunciando la “música de amargue” luego derivada en bachata, pelota de invierno y noticias. Se discuten allí temas nacionales y “de fuera” y nace cada día un “especialista” en temas universales, convirtiéndose el colmado en receptor de la cultura popular. Por sus bocinas entraron el merengue de calle, la salsa sentimental y luego el dembow. Cada género musical dejó huellas en sus paredes, en sus afiches y en el ritmo de las conversaciones. En los 90 el colmado se “modernizó” sin dejar de ser colmado. Aparecieron las neveras verticales con puertas de vidrio y referencias a marcas clásicas y las “cervezuanas” comenzaron a vestirse de novia.
