El duelo no termina

El duelo no desaparece simplemente se transforma en amor que sigue viviendo dentro de uno.

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En los momentos de felicidad y también en los de tristeza, siempre está mamá. Es esa voz que aconseja, esa mano que sostiene, esa presencia que no falla. Es el único ser humano capaz de dar la vida por ti sin pedir nada a cambio. Pero hoy escribo desde otra mirada: la del duelo que nunca termina.

Después de ese terrible día,  que no tiene explicación entendí que solo quienes han pasado por la pérdida de una madre pueden comprender el vacío que deja. La madre es, sin duda, el ser más especial que puede existir. Cuando se va, deja el corazón hecho pedazos, y uno no sabe en qué momento volverá a sanar.

Durante mi proceso de duelo, hubo una canción que se convirtió en mi refugio. La escuchaba una y otra vez: “Dios Está Obrando”, como si sus notas pudieran sostenerme en medio del dolor. En más de una ocasión le pregunté a Dios por qué decidió llevarse a una persona que solo irradiaba luz, bondad y fortaleza. Con el tiempo entendí que el destino tiene sus propios designios y que, aunque duela, la fe es el único consuelo posible.

Con el tiempo, pude ver cómo Dios obró en mí de una manera que no puedo explicar con palabras. Me transformó en una mujer más fuerte, más resiliente, capaz de no quebrarse ante el dolor. Me forjó con el fuego de la pérdida y, poco a poco, aprendí a sostenerme en mi propio duelo.

Cuatro años después, aún se siente la ausencia. No hay día que no recuerde a esa mujer que vivió conmigo mis primeros 24 años, que nunca se apartó de mi lado y que siempre estaba dispuesta a darme todo con solo pedirlo. Esa conexión no muere; simplemente cambia de forma.

El duelo no termina. La muerte de un ser querido siempre permanece, aunque con el tiempo deja de doler igual. Al principio es un shock, luego una profunda aflicción, después una rabia contenida, y finalmente una tristeza que aprende a convivir contigo.

Hoy, cuatro años después de su partida, sigo en duelo, pero un duelo distinto: un duelo que ahora tiene forma de gratitud. Gratitud por lo vivido, por lo aprendido y por el legado que mi madre dejó en mí.

Porque el duelo no desaparece simplemente se transforma en amor que sigue viviendo dentro de uno.

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