El Niño se está fortaleciendo en el Pacífico ecuatorial, a miles de kilómetros de la República Dominicana. Según la evaluación de la NOAA del 10 de septiembre de 2026, existe una probabilidad superior al 90% de que alcance una intensidad muy fuerte durante el otoño y el invierno de 2026–2027. La agencia estima, además, un 75 % de probabilidad de que entre octubre y diciembre supere la intensidad de los episodios registrados desde 1950. Son pronósticos, no hechos consumados: todavía, aunque podemos pronosticar que será un evento histórico, científicamente no hablamos de super Niño.
Su impacto sobre la República Dominicana se genera a través de las teleconexiones (como se transporta la humedad entre los océanos). El calentamiento del Pacífico altera la circulación de Walker, que distribuye el ascenso y descenso del aire a través de los trópicos. Esos cambios pueden modificar las lluvias y los vientos cortantes sobre el Caribe. El Niño favorece condiciones más secas y aumenta la cizalladura (vientos cortantes) sobre el Atlántico, lo que suele dificultar la formación de huracanes. Sin embargo, sus efectos no son idénticos todos los años: una temporada con menos ciclones no elimina el riesgo de un huracán ni de lluvias intensas e inundaciones.
Para RD, el problema va más allá de cuánto llueva durante los próximos meses. El país está expuesto tanto a sequías como a inundaciones y tormentas. Santo Domingo concentra esa contradicción: puede enfrentar escasez de agua durante un periodo seco y, aun así, sufrir inundaciones cuando llega un aguacero intenso. La expansión urbana sin una planificación y las limitaciones del drenaje y el saneamiento convierten ambos extremos climáticos en problemas de salud pública.
La sequía reciente mostró que la amenaza es concreta. En septiembre de 2025, la Corporación del Acueducto y Alcantarillado de Santo Domingo (CAASD) informó que reforzaba el abastecimiento del Distrito Nacional y la provincia Santo Domingo ante la reducción del agua disponible. Semanas después advirtió que las lluvias no habían compensado plenamente los efectos acumulados de la sequía. Un episodio de El Niño exige, por tanto, vigilar las cuencas, los caudales y los embalses, y tomar decisiones antes de que el suministro alcance niveles críticos.
En la RD, numerosas entidades administran el agua, operan acueductos y alcantarillados o atienden asuntos ambientales y sanitarios. Sin embargo, sus funciones no siempre están bien coordinadas. El Banco Mundial y la OCDE señalan que la fragmentación institucional dificulta la gestión del recurso. Por su parte, Unicef advirtió en 2026 que aún existen deficiencias en la continuidad, calidad y seguridad del servicio. Estos problemas muestran la necesidad de coordinar mejor las instituciones y mejorar el uso del agua conforme a buenas prácticas internacionales.
Disponer de agua suficiente es solo la mitad de la tarea. El agua también debe hasta el grifo llegar de forma continua y con calidad comprobada. Cuando el suministro se interrumpe y disminuye la presión, pueden entrar contaminantes en una red deteriorada, por ello, la Organización Mundial de la Salud recomienda vigilar la presión y el cloro residual a lo largo del sistema. La desconfianza de muchos hogares hacia el agua del grifo no se resolverá únicamente aumentando la producción. Hace falta demostrar, sector por sector, que el agua sigue siendo segura después de recorrer tuberías, conexiones y depósitos domésticos.
También es necesario distinguir dos tratamientos. Las plantas de agua potable preparan el agua destinada al consumo. Las plantas de aguas residuales depuran las descargas antes de devolverlas al ambiente. Santo Domingo ya cuenta con instalaciones de tratamiento de aguas residuales, entre ellas Mirador Norte, La Zurza, y la Caasd ha anunciado obras de rehabilitación y ampliación. El reto es extender el alcantarillado, conectar efectivamente los sectores a las plantas y asegurar que estas operen de forma eficiente.
En la actualidad, muchas estructuras (edificios y torres) disponen sus aguas residuales en el subsuelo, del que también se extrae agua para uso humano. A ello se suma la construcción de torres y grandes edificios en terrenos antes ocupados por viviendas unifamiliares. Este aumento de la densidad urbana puede superar la capacidad de carga de las redes de alcantarillado existentes y elevar el riesgo de contaminación de las aguas subterráneas.
La respuesta exige un plan coordinado con responsabilidades claras y datos públicos. Urge reparar fugas, mantener la presión de la red, vigilar la calidad del agua y proteger sus fuentes. También se necesitan alcantarillados y plantas de tratamiento suficientes, integrados a una planificación urbana que mejore el drenaje y reduzca el riesgo de inundaciones.
El Niño podría permitirnos saber cuándo llegará la próxima sequía o inundación, pero la climatología nos advierte que se están modificando los patrones de lluvia en el Caribe. Si disminuyen las precipitaciones, bajan los caudales y aumenta la presión sobre el abastecimiento en RD. El país, en especial las ciudades como Santo Domingo y Santiago deben aprovechar esta advertencia para coordinar a sus instituciones, proteger sus acuíferos y adaptar su infraestructura. La verdadera prueba no será cuánta agua llegue con la próxima lluvia, sino si cada familia puede abrir el grifo y recibir agua, incluso después de una sequía o una inundación.
Universidad de Puerto Rico en Carolina. Laboratorio de Investigación en Ciencias Atmosféricas. Miembro del Comité de Asesores y Expertos en Cambio Climático (CEACC) del gobierno de Puerto Rico.
