El nuevo foro público

Un mecanismo utilizado para denigrar a desafectos al régimen de Trujillo era aparecer en una columna denominada “Foro público” que constituía la caída en desgracia del que allí se nombrara. Se cuenta que para la época los funcionarios abrían desde temprano el periódico con el temor de ser mencionados en ese pasquín de la dictadura, creado para calentar a los tibios y mantener las ovejas en el redil de la obediencia y la sumisión.

Más de siete décadas después, existe un paredón de reputaciones sin soporte de papel y con imágenes, que igual aniquila el buen nombre del aludido, con mayor efectividad que en aquella época porque ahora no lo lee un puñado de interesados, sino millares de usuarios con acceso al internet. A diferencia del método dictatorial que contaba con francotiradores desde una sola trinchera dirigida por un mismo general, ahora son muchos los sicarios de la moral que responden, no a un gobernante megalómano, sino a intereses espurios desde diversos flancos para disparar contra su víctima favorita y tratar de salir ilesos, gracias al anonimato del ciberespacio. Como resulta obvio, el blanco de los ataques despiadados, carentes de asidero, es una figura pública de gran arraigo con la suficiente trascendencia en su quehacer, como para atraer la atención colectiva que se busca. Con una facilidad espantosa, se ponen a circular libelos a través de la virtualidad que luego se replican sin ser confirmados previamente y se vuelven virales al presentar mentiras como falsas verdades. En la medida en que las versiones se difunden con toda malicia, va aumentando en su dimensión esa bola de nieve que comienza diminuta y luego se convierte en una avalancha.

Lo más indignante del atentado a honras ajenas es la impunidad que otorga una libertad de expresión mal entendida que afecta el derecho a la integridad personal y a la buena reputación en esa pantalla abierta que es un túnel oscuro de final inescrutable. Las vías legales devienen en tardías cuando ya se ha infligido todo el daño, a la vez que constituyen una reedición de la injuria publicada de la que se enterarán otros espectadores.

Ese comentario mordaz se transforma en un monstruo de mil cabezas cuyos tentáculos traspasan los pixeles para invadir la intimidad del afectado y los suyos, desde la virtualidad, a la realidad. Entonces, surge la disyuntiva entre, si responder contundentemente tales ofensas para enfrentarlas o bien ignorarlas, restarles importancia para dejar que el tiempo ponga todo en su lugar. En todo caso, cuando se apuesta a dejar abiertas las compuertas de la duda, resulta difícil recoger el torrente porque para denigrar, basta con dar un click.

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