El poder, el que marca la administración del Estado -sin importar del país de que se trate- se va esfumando con el paso del implacable tiempo.
Es un fenómeno que se observa en la praxis política moderna y que abarca a muchos países de nuestra región.
Ejemplos tenemos por montones en naciones de América Latina.
Se trata de países con regímenes “estables” -con decenas de años en el poder- y fortalecidos por partidos de líneas democráticas, con firmes y amplias militancias.
Para dar mayor crédito a este criterio, hay que precisar que un gobierno, para estar estable en el poder, debe contar con un sólido respaldo (ininterrumpido) del partido que lo llevó a ganar las elecciones presidenciales.
Sin embargo, cuando se producen diferencias -a veces irreconciliables- entre las instancias del goierno y el partido oficialista, el colapso de la gobernanza se pone en “serios aprietos”.
La lucha por la candidatura Presidencial en el PRM cada día se torna más compleja.
Carolina Mejía Gómez y David Collado se disputan el favor de la mayoría perremeísta para alzarse con la nominación electoral del 2028.
El expresidente Hipólito Mejía advirtió -y cito sus palabras- que “deben evitarse los problemas a lo interno del partido para preservar la fortaleza de la organización. Sepan que dentro del PRM no hay espacio para las imposiciones”.
Llamó al presidente Luis Abinader a mantenerse neutral en la contienda por la candidatura a la jefatura del Estado. No inclinar la balanza a favor de ningún aspirante.
Mientras que Guido Gómez Mazara, en su reciente libro titulado “Para que no se repita”, hace una advertencia referente a la negativa historia del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y sus problemas de división que ocasionaron el nacimiento del PRM.
La realidad es que el PRM atraviesa por claras diferencias a lo interno.
Si el partido oficialista quiere seguir en el poder, con la estrategia del presidente Abinader, debe sortear (¿?) los nodales problemas que lo atacan, en especial los que atañen a sus precandidatos.
