Casi siempre, los días en que aparece mi columna en elCaribe, lo espero despierto antes del amanecer. No es disciplina ni insomnio. Es una espera. A esas horas la ciudad aún respira despacio y el silencio parece una página en blanco. Yo escribo o releo lo escrito mientras aguardo el sonido familiar de un motor pequeño que corta la madrugada.
El repartidor llega casi siempre a la misma hora. No lo veo primero; lo escucho. Ese motor anuncia que el día empieza antes de que el sol abra los ojos. Hay algo curioso en depender de ese ruido breve para confirmar que el mundo sigue su curso. El periódico llega doblado, a veces con la humedad de la tinta pegada en las letras, como si la noche también hubiese querido leerlo antes que yo.
Hoy llueve. La lluvia golpea la ventana con paciencia de reloj. Mientras escribo, me pregunto si vendrá. Imagino su trayecto en Bella Vista: calles vacías, semáforos inútiles, el agua cayendo sobre el asfalto. El repartidor, pienso, es una de las piezas más silenciosas y necesarias del periódico. Antes de que el lector abra el suyo, alguien ya atravesó la ciudad para que esa página exista en la mesa del desayuno.
Pienso en él como se piensa en los personajes que uno no conoce, pero los siente cercanos. ¿Tendrá capa como Superman, con una C en el pecho? ¿Habrá encontrado algún zapato especial que no se rinda ante los charcos? La imaginación del escritor se permite esas pequeñas exageraciones porque la realidad, a veces, es demasiado discreta.
Tengo oído y olfato de escritor. Puedo reconocer, incluso antes de verlo pasar, el olor a gasolina que deja su motor en la calle húmeda. Pero hay algo que no logro imaginar: su vida cuando termina la ruta. ¿A qué hora llegará a su casa? ¿Se quitará la ropa empapada mientras amanece? ¿Dormirá mientras nosotros abrimos el periódico con la primera taza de café?
No conozco su historia, y tal vez por eso me intriga. Sin embargo, si alguna vez pudiera escribirla, sé exactamente qué pondría en uno de sus párrafos finales: un agradecimiento.
Porque gracias a él, en esta madrugada lluviosa, puedo sostener el periódico “elCaribe” en mis manos y leer estas palabras antes de que el lector, aún dormido, las encuentre.
Esta vez no creo estar equivocado…
