El séptimo sacramento

El matrimonio es una elección, desde el sí quiero hasta el que la muerte nos separe hay un largo trecho que no siempre es lineal, sino un camino sinuoso porque la boda representa solo el primer episodio de una serie de acción, romance y suspenso de duración indeterminada que se aspira tenga muchas temporadas. No todo se limita a los preparativos, al traje de novia, las flores, los anillos o los invitados al enlace, después permanece una responsabilidad subyacente en que se quedan solo dos, lo que trasciende las fotografías, la tirada del ramo (o de la liga), los besos o los aplausos emocionados de los asistentes.

Ciertamente , casarse es una decisión trascendente a partir de la cual la pareja se convierte en un equipo que debe estar cohesionado porque ya son un binomio que mira de frente hacia un mismo proyecto en común. Por lo tanto, más allá de la ceremonia y posterior celebración, precedida de la pedida de mano y el compromiso con el anillo a exhibir, queda por delante una opción conscientemente tomada de recorrer juntos un destino compartido aunque en el trayecto truene, llueva y luego vuelva a salir el sol, para ocultarse de nuevo; no obstante, pasando balance, la brisa fresca debería ser más frecuente que la de vientos huracanados porque no se viene a la tierra a sufrir y a transitar un valle de lágrimas, pero tampoco para disfrutar de un eterno paraíso donde todo sea dicha y ensoñación.

Aunque el origen etimológico viene del latín mater o matris por madre y monium de estado, calidad o acción, el matrimonio es una institución más profunda constituida por la unión de un hombre y una mujer en la cual los roles se definen desde un principio en su condición de gerentes de igual jerarquía que trabajan al unísono para manejar esa empresa llamada familia con la finalidad de llevarla hacia adelante. De ellos depende que los cimientos sean sólidos y que lo que comenzó como un sacramento, sea una historia exitosa que permanezca en el tiempo para dar morada a los descendientes y convertir esa casa, en un hogar.

Al final, los ocupantes llegan y luego se van para construir sus propios senderos y solo quedan los fundadores unidos como desde el principio, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, por todos los días que les toque vivir como una promesa inquebrantable tan infinita como el sentimiento sublime que los unió frente al altar.

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