PLD: Entre legado e identidad perdida

La fundación del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), en 1973, más que la creación de una organización para competir por el poder, fue el intento de Juan Bosch de construir una herramienta política capaz de transformar la sociedad mediante la formación , la disciplina, la conciencia ciudadana y una conducta ética en el ejercicio de la función pública.

Cincuenta y tres años después, la pregunta es si ese partido conserva la esencia o si ha terminado convirtiendo el pensamiento de su fundador en una referencia ceremonial.

Bosch no fundó el PLD por una simple diferencia ni por ambición personal. Lo hizo convencido de que la democracia necesitaba ciudadanos conscientes, dirigentes preparados y una organización comprometida con los intereses nacionales. El partido debía ser una escuela de formación política antes que una maquinaria electoral. Ese fue su mayor aporte institucional; entender que conquistar el Gobierno no podía ser el propósito de la política, sino un instrumento para impulsar transformaciones.

De ahí que evaluar al PLD exclusivamente por sus victorias electorales, sus gobiernos o las obras ejecutadas sería una lectura incompleta de su legado.

La organización alcanzó el poder en 1996 y gobernó durante varios períodos, protagonizando importantes transformaciones económicas, sociales e institucionales. Sin embargo, el ejercicio prolongado del poder también planteó contradicciones entre los principios fundacionales y las prácticas de una estructura cada vez más condicionada por la competencia electoral, los intereses internos y las disputas por el liderazgo.

La crisis que condujo a su división en 2019 abrió, además, un debate sobre la distancia entre el partido concebido por Bosch y la organización en que se había convertido. No se trata de desconocer sus aportes históricos, sino de admitir que la legitimidad de una herencia política no se garantiza repitiendo discursos ni invocando permanentemente el nombre del fundador.

A 25 años de la muerte de Bosch, los homenajes, monumentos, calles y actos conmemorativos mantienen viva su memoria, pero no necesariamente su pensamiento. =La verdadera fidelidad a su legado exige coherencia, autocrítica, renovación doctrinaria y, sobre todo, una conducta pública que coloque el interés colectivo por encima de las ambiciones particulares.

El PLD tiene un desafío histórico y debe demostrar que todavía puede ser depositario de aquella mística o reconocer que necesita reencontrarse con ella. Un partido puede conservar sus símbolos y perder su esencia; lo verdaderamente difícil es conservar ambas cosas.

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