¡Ay, los inmaculados!

Siempre he desconfiado de los inmaculados. Cuando alguien me advierte que es inmaculado, me le alejo rápidamente, y solo lo vuelvo a ver cuando sea capaz de violar tres o cuatro pecados capitales; capaz de beberse de un solo trago toda una madrugada; capaz de asumir el amor y el odio con la misma pasión; capaz de pasar del llanto a la risa como si fuera un niño; capaz, en fin, de ser humano. Solo así podemos entendernos… (No hay cosa más gozosa, cuando no se tiene un nuevo tema público a comentar, que hacer una columna como esta, aunque no la entienda ningún ser inmaculado, sea hombre o mujer).

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