Generaciones

Gabriela  agarra la mano nervuda y arrugada de su abuelo mientras hacían su paseo, no se sabe quién lleva a quién. Desde su pequeña altura lo concibe gigante, aunque camine lento y encorvado por el miedo a que sus piernas no le respondan, pero con la firmeza del que ha librado mil batallas y ha sobrevivido en el intento. 

Cuando habían adelantado unos pasos al ritmo que sus fuerzas le permitían, le hala del pantalón y le pregunta: “Abu, ¿cuántos años tienes?” Él suspira y no sabe qué responderle, cualquier cantidad que le diga le lucirá exagerada a su corta edad. Después de todo, debe agradecer a Dios que todavía le queda memoria para valerse por sí mismo y recordar lo que hizo el día anterior. Los otros de su generación no han tenido esa suerte y muchos se le han adelantado en la despedida. A veces se comunica con algunos que están en condiciones aceptables, pero prefiere cortar la conversación cuando comienzan las quejas y añoranzas. Juró no convertirse en ese viejo resabioso que se riñe con la vida y se acostumbró a que sus achaques eran propios de tantas décadas de una existencia a la que otros no tuvieron el privilegio de llegar.

Su alimentación es frugal, pero aun disfruta la comida, aunque no con la apetencia de antes. Sin embargo y, a pesar de su ancianidad en que le han prohibido prácticamente todo (hasta el café),  su mayor alegría es complacer a su nieta comprándole helado, sin importar que lo declararon intolerante a la lactosa.  Es feliz viéndola a ella sonreír y la prefiere a sus padres que viven demasiado pendientes de su salud o fastidiándolo con citas médicas, horarios de medicamentos o síntomas. Aunque aprecie su interés, a veces lo agobian con tantos cuidados. Está más que convencido de que se irá de este mundo cuando le toque y eso no le van a impedir todos los tratamientos que acomodan la ancianidad, pero no la pueden detener.

Le divierte que le llamen adulto mayor o de la  tercera edad, es un viejo con todas las de la ley, sus arrugas no le avergüenzan porque son la prueba de sus experiencias, como testigos de muchas historias que atesora con nostalgia. A estas alturas, le incomoda que el cuerpo no le responda como quisiera –es que hicotea quiere y caparazón no lo deja- pero da gracias al altísimo por mantenerlo aquí, tranquilo entre los suyos y conservando la capacidad de asombro con cada ocurrencia de Gaby. Está satisfecho y cuando sea su despedida, ya vendrá. De nada vale preocuparse porque, después de todo, ahora o luego, de esta nadie saldrá vivo.

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