Jerusalén, la paz que no ha tenido (y7)

De acuerdo con declaraciones formuladas entonces por Arafat, el hostigamiento de aquellos días era respaldado con el lanzamiento de cohetes y fuego de artillería a un ritmo de aproximadamente uno por segundo. Esto había dado lugar a la muerte de centenares de jóvenes, mujeres, ancianos y niños palestinos, hechos que no despertaron el mismo sentimiento de indignación que provocó una matanza anterior, sólo, quizás, por la imposibilidad de implicar en ella a los judíos.

Desde mi óptica de columnista no llegaba a explicarme las razones por las que el arresto de un militante izquierdista en determinado país, o la muerte de cuatro personas en una refriega callejera en Chile, era capaz de desatar una ola de indignación y la severa protesta de líderes internacionales, mientras esos mismos dirigentes mantenían silencio ante la horrible matanza de palestinos por otros árabes, y los fanáticos atentados dinamiteros contra cuarteles de soldados norteamericanos, franceses e israelíes en el Líbano, con saldos de centenares de víctimas. Teníamos entre nosotros, por desgracia, constantes ejemplos de esta singular hipocresía política.

La respuesta estaba quizás en el hecho deplorable de que vivíamos en realidad un proceso de inversión de los valores y que en nombre de una causa revolucionaria podía cometerse toda clase de atrocidades.

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